Recuerdo haber leído o escuchado hace mucho tiempo que “las cucarachas heredarán la tierra” cuando se extinga la civilización o la Humanidad como la hemos conocido hasta ahora en el devenir de los tiempos. Esta modesta reflexión no pretende ahondar en asuntos metafísicos o filosóficos, sino que es fruto de la observación de los acontecimientos históricos recientes derivados de los movimientos o revoluciones sociales que han marcado el cambio de rumbo en países o naciones del mundo motivados por las conductas de sus gobernantes ya sean elegidos democráticamente o impuestos por dictaduras o dinastías monárquicas despóticas o de otra naturaleza. Algunos movimientos sociales han prosperado, otros se han quedado en el camino como el mayo francés de 1968 o el 15-M en 2011 en España (que sólo sirvió a la postre para encumbrar a políticos avispados para tocar poder y ser frustración para sus seguidores o partidarios). No digamos de las “primaveras árabes” y sus consecuencias del presente siglo o “Primavera de Praga” de 1968 que sí coadyuvó a generar una concienciación sobre la falta de libertades dentro y fuera de los países del extinto Telón de Acero. Las revueltas sociales que se han suscitado en la India en las últimas semanas, encabezada por el Partido Popular Cucaracha, identificado por sus siglas en inglés como CJP, que apenas ha aparecido en la sección de internacional de los periódicos y telediarios de las cadenas generalistas, se me antoja como una llamada de atención sobre los excesos del poder político sobre la población a la que supuestamente dirige, administra, o sirve, en ámbito educativo, específicamente. Aparentemente, este movimiento social de masas en la India se ha debido, entre otras cosas, a las filtraciones de los exámenes de acceso a la Universidad, condicionando el futuro profesional de miles de estudiantes, que ha provocado la dimisión del ministro de Educación, Dharmendra Pradhan. Sin duda, no se trata de un hecho aislado de la denominada generación “Z” en Asia, porque meses atrás en Nepal ha surgido un movimiento social contra la corrupción política de parte de sus gobernantes o contra el desmedido uso de la fuerza policial durante las protestas. En el centro de las revueltas educativas de la India se sitúa el activista Sonam Wangchuk, quien afirmó haber perdido 11 kilos durante una huelga de hambre de 26 días en apoyo al movimiento contra la filtración de los exámenes, según la BBC. El Partido Popular Cucaracha reivindica una reforma radical del sistema educativo, inicialmente, que se base en la transparencia y principio de igualdad de oportunidades, algo prácticamente imposible en el país de las castas por excelencia. Tal vez esas peticiones sólo sean la punta del iceberg de una crisis más profunda en la sufrida sociedad civil de la India. Como ha ocurrido en circunstancias similares en otros países, el paso del tiempo aclarará si estos movimientos reivindicativos son consistentes y sólidos como para propiciar un cambio de rumbo en la acción política y económica de un país o si, por el contrario, se quedan en una mera pataleta de indignación pública juvenil. La historia reciente es un escaparate de movimientos sociales fallidos e ilusiones populares frustradas.
*Periodista en la reserva y escritor
