Un grito se hizo común en este país en los últimos días: “Yo soy español, español, español, español”. ¿Qué produjo semejante alarido? El fútbol, el fútbol mundial. Eso es lo que revela este deporte: la representación del enfrentamiento, de la guerra. Tal cosa ocurre: un equipo determinado se muestra en su rigor: el portero que defiende debajo de tres palos, la defensa que sujeta a los atacantes, los medios que ayudan a los retrasados o que distribuyen para el ataque y los delanteros que registran los dones del éxito. Así, “mutatis mutandis”, están distribuidos los registros, aunque con variantes. Una centuria delimitada, específica, señalada actúa. Además, adiestrada, preparada para cumplir (divino entrenador), como los soldados del ejército. De donde, si lo que se proclama es el vencer, ese vencer incluye a la palabra fidedigna: “todos”. Ello es lo que se despliega en el espacio rectangular, acotado y delimitado en el que se juega, cual ocurría en los clásicos campos de batalla. Esto es, los nuestros contra los contrarios. En ese plano, los nuestros mejor preparados, los nuestros que desarman y no dejan jugar a los adversarios, los nuestros en su brillantez que marcan y ganan, es decir, hacen campeones al equipo y (fundamental) a aquellos a los que representan. Además, en el ganar se encuentran las obstinadas reservas del nuevo mundo. Por ejemplo, las Olimpiadas en la Alemania nazi y la imposibilidad de que un atleta negro triunfara. ¿Ahora? Nico Williams hizo patente el integral discurso (¡pobre Rajoy!). Dijo: este es un magnífico triunfo para los inmigrantes. Y se cuenta para el caso a los forofos de la roja, la familia Escudero Swayne, que tiene pasaporte de México, Perú, Argentina, EE.UU. y España. Eso somos, un equipo en el que no juegan solo blancos (los del coraje que ganaron poco) sino negros en sustancia y árabes en perspectiva. Así el protervo y extemporáneo nacionalismo, con independentistas relevantes en el País Vasco o en Cataluña, se da de morros con la realidad. El pueblo ahí exigió pantallas en las calles para ver en comunidad el partido final y definitivo, o un tal Laporta (independentista que dirige a un equipo de la liga) no litigó por que España perdiera sino que fue a ver la dicha final allí, por lo inevitable. Se cuenta: la tierra de España tembló, desde el norte hasta el sur, cuando Ferrán Torres marcó el gol de la victoria. Después del suceso conjetural, el grito dicho no confunde, no selecciona; hermana, sentencia el valor de la diferencia en la unidad, en lo que somos y mostramos. De ese modo ocurre, desde Galicia a Canarias, en los caminos para celebrar. Y ahí el precio consecuente del centro: Cibeles y más de dos millones de personas agradeciendo a los héroes lo que por “todos” hicieron. Un buen signo, el espejo que ratifica. Por segunda vez en la historia, los que nombramos a España en su diversidad (¡pobre Rajoy!) somos los mejores. Los demás lo reconocen e incluso nos envidian.
