Con los años han recuperado la sonrisa de un niño que juega y no se disculpa y han hecho de sus arrugas un hermosísimo lienzo en el que se adivinan las claves del mundo. Completan las estancias que habitan con historias que podrían llenar libros y enciclopedias, y que transmiten sin ruido a los hijos de sus hijos en una intangible y generosa herencia que habrán de recuperar años después, cuando haga falta para sobrevivir a algún desastre o celebrar algún milagro.
Hablan con las plantas -que crecen inexplicables e inquietas a los ojos ajenos-, con los animales -que rondan sus piernas hermosamente libres y ávidos de luz- y con sus queridos ausentes -custodios de sus sueños-. Y lo hacen a diario, como parte de un ritual amado y necesario para restablecer el equilibrio de las cosas que se quiebran. Y cuando deciden callarse no lo hacen guiados por la prudencia, que guardan en los bolsillos del tiempo para ocasiones más trascendentes, sino por simple y pura compasión.
Olvidan solo lo justo y necesario, convirtiendo su memoria en una despensa de donde nutrirse y nutrir a los suyos en épocas de hambruna. Retienen y ofrecen remedios para casi todo lo que se puede remediar y no exhiben la magnitud de sus pasos porque en algún momento aprendieron que la soberbia resulta un atajo a ninguna parte.
Lloran y ríen sin pudor; esquivan los rencores del alma; mastican una y mil veces los odios ajenos hasta triturarlos; resguardan a los seres queridos de cualquier mal sabiendo como saben que el mal existe; miran con la honestidad propia de un animal que no tiene dueño… Y agradecen la mirada ajena y franca; la sonrisa tierna y propia; las palabras simples y rescatadas del corazón; el espontaneo abrazo que suena a buena ternura.
Cuando se despiden lo hacen sabiendo que se van, en un gesto de amor inigualable que ellos nos regalan porque sí. Y tras eso que creemos y hasta nombramos como el final de los finales ellos siguen estando y riendo, desde su horizonte…
Quien los tenga al lado, por favor, que los disfruten.
