Quien ha viajado recientemente a los Estados Unidos me viene con el mismo cuento: que todo está muy caro. Decía Porfirio Díaz: “¡Pobre México!: tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”. Los precios se han disparado en USA, incluso en los outlets, donde en mis tiempos de estancia allí -creo que 56 veces viajé a ese país- compraba la ropa tirada de precio, ropa que todavía me dura porque era de marca. Traía hasta los folios, los lápices, los clips, las gomas de borrar y los blocks de notas para Radio Burgado, que en paz descanse. Ahora, qué coño. Una estancia en el Plaza de una sola noche vale igual que los siete días que me alojaba yo en ese hotel emblemático de NY, a cada momento. Me cuentan quienes han viajado al Mundial, y una amiga que ha asistido a una reunión científica en Washington DC, que aquello está por las nubes. Hasta mi compañero, y sin embargo amigo, Félix Lam, que ha ahorrado toda su vida para gastárselo todo junto, ya de viejo, está asustado de los precios disparados. O sea, que es mal negocio viajar ahora a NY, por muy deliciosa que sea esta ciudad, que lo es. Mi sobrino Sergio, que anda por Polonia, dice que aquello, sin ser barato, le parece asequible. Precios de Madrid, o sea un poco más caros que en Canarias. Decía Bernard Shaw que lo interesante no es un hecho en sí, sino su explicación. Y yo no encuentro explicación al aumento del precio de la vida en los Estados Unidos. Sólo sé que la gente que ha ido vuelve hecha un basilisco, porque te tomas un café y lo mínimo son cinco dólares más el propinazo. A este paso sólo podrán tomarse un barraquito los millonarios, sobre todo desde que George Clooney pronuncia su frase: “What else?” (¿qué más?) anunciando las famosas cápsulas cafeteras. Qué putada, mi brigada.
