Esta es una final que habla español y maldita la gracia que le hace a Donald Trump, que suprimió la versión española de la página web oficial de la Casa Blanca. Al cumplirse nuestra profecía de un desenlace hispánico, España-Argentina, hoy se enfrentan Sánchez y Milei, con gran desconcierto para la oposición, celosa de una victoria eventual.
A Feijóo, que pasó el mal trago de venir a presentar a sus candidatos capitalinos con el infame recuerdo del rechazo a los menores africanos, este Mundial le ha llegado en mala hora -con España que ni adrede en la final-, como le ocurría con la visita del papa, dos cosas que dan alas a un presidente.
Lo vimos con Abascal batiendo palmas siete minutos en el Congreso tras recibir una bronca del obispo de Roma por conducta racista y polarización. Si Messi no lo impide y ‘La Roja’ se alza con la Copa, la misma pareja de hecho tendría que volver a aplaudir en contra de su voluntad. Como en los inconexos decretos ómnibus, estarían aplaudiendo a Lamine Yamal y compañía; al seleccionador, Luis de las Fuente; a la ministra de Deportes, Milagros Tolón; al presidente Pedro Sánchez y al rey Felipe VI.
El éxito de La Roja de la España socialista es lógico que se le atragante a la oposición, ante el efecto político de un país campeón del mundo. No hay mensaje más potente en base a una emoción. España ahora mismo es un barrizal, no un campo de césped. Y lo que impera es el juego sucio. Si los jueces europeos avalan la ley de amnistía, la Audiencia de Madrid contraprograma, dicta juicio con jurado popular a Begoña Gómez y tiro porque me toca. España es un país de banquillos futbolística y políticamente.
En tiempos, los Mundiales eran una proeza política nacional que se resistía, y los Juegos Olímpicos prestigiaron a Felipe González. La selección de Vicente del Bosque, que nos redimió en 2010 como campeona del mundo, fue un regalo para Zapatero bajo cifras récord de paro, el estallido de la burbuja inmobiliaria y la espiral de la prima de riesgo.
La actual bonanza económica contrasta con aquella recesión. Pero los ánimos están al rojo vivo a las puertas de las elecciones. Y que la España de Sánchez se revalide bicampeona mundial, aún caliente la encuesta del CIS -que le da ocho puntos de ventaja sobre Feijóo-, sería una provocación. No creo que Feijóo vaya hoy con España (es broma).
Nos rechina que este partido en EE.UU. que verán mil quinientos millones de personas, esta final hispanoamericana, se celebre mientras Trump manda a su Gestapo a matar latinos al volante en las calles del país. ¿De qué distopía estamos hablando? Es la Copa de un Mundo Infausto.
Milei, acorralado por escándalos y la venta de tierras rurales a inversores extranjeros, chapotea en las encuestas, como Trump -que se la juega en noviembre, en las urnas de medio mandato-. Sánchez se desplazó a Nueva York a ver la final, pero el argentino, devenido espantadizo, se acuartela con sus perros mastines en la Quinta de Olivos, el búnker, a ver quién gana o a verlas pasar.
Son dos países campeones del mundo, una final con parentesco, con tanto talento en tantos de la misma sangre. Hay dos canarios, Pedri (España) y Nico Paz (Argentina, como Pedro Arico Suárez, el primer futbolista canario en jugar un Mundial, en 1930, nacionalizado argentino). Messi habría lucido la elástica española, de no ser por Pékerman, el prócer argentino de las selecciones juveniles, que se lo levantó a España en el último momento. De la Fuente fue profesor de Scaloni en el curso de entrenadores. Le enseñó la asignatura Técnica y Sistemas de Juego. La España de De la Fuente practica un fútbol mindfulness, que se afirma en el presente, con atención plena. La Argentina de Scaloni es un equipo que vuelve del futuro y en el minuto 90 se revela. Uno juega con conciencia, el otro, con clarividencia (y hambre).
La foto de Messi bañando al bebé Lamine Yamal, hace una veintena de años, es una ironía del destino. Hoy se citan en una suerte de relevo. La final es ya una página que cambia la historia del fútbol. Con 12 años, Yamal viajó a Nueva York con la fundación de José Ramón de la Morena, que le tiró de la lengua. El niño, ya blaugrana, contó con madurez que estudiaba ESO con sobresalientes, que su ídolo era Messi y que estaba difícil llegar al Barca de Primera. Le preguntó con qué número, si acaso, y dijo sincero: “Con el que me den. Por pedir, el 10”.
Esta noche, las campeonas de Europa y América disputan un Mundial. El bautismo de fuego de Lamine, ya no en una bañera, sino en un campo de fútbol, ungido por el mismo padrino, en una ceremonia suprema: su propia despedida delante del mundo entero. Este partido lo tiene Todo.
Pedro fue la última baza de Del Bosque en Sudáfrica. Hoy quizá lo sea Pedri, y un gol suyo valga la gloria. Solo Messi, en busca del doblete, más cerca de Pelé, nos mantiene en vilo.

