Se está celebrando el Campeonato Mundial de Fútbol. Los dirigentes del asunto han determinado que, para la variación y para los incentivos de la participación (aparte del dinero) por primera vez participan 46 selecciones, luego de las calificaciones oportunas. Las mejores del planeta. Y los dichos prebostes eligieron el lugar de los partidos: algunos en Canadá, otros en México y los más en EE.UU., para gloria del gran presidente Gianni Infantino. Porque en ese país gobierna ahora el sublime Donald Trump. En efecto, desde los inicios, la fiesta que se avecinaba era del susodicho y lo que se pueda lograr también, el soberbio Infantino a su lado. Y eso es lo que ha ido tomando forma a lo largo de los días. Desde el originario premio de la Fifa al anunciado mentor, en razón de sus esfuerzos por la paz. Luego, todo dispuesto: gloria bendita para el gran gobernante que resulta ser su amigo amén de las coincidencias ideológicas. Por ello resultó lo que resultó. Un periódico español tituló: Gianni Infantino, un presidente de la Fifa que ha pasado de becario de LaLiga a protagonizar el bochorno del Mundial. Eso ocurrió. De entre los equipos calificados para la competición, se cuenta con EE.UU. Antes del comienzo, Trump se reunió con el entrenador Pochetino. Motivo: ganar. Porque la existencia para ese individuo está marcada por el mismo rigor: el país más poderoso del mundo siempre ha de ganar. Eso ocurrió. Después de un principio interesante de los norteamericanos, en el partido tal su mejor delantero se pasó de frenada y tarjeta roja: el siguiente partido sin jugar. El jefe de todo, el gran urdidor de la armonía universal al canto. ¿Hacia quién? Al allegado Infantino: desaparecer esa tarjeta de la memoria. Y eso no solo lo logró Trump sino que el dicho Infantino se la tragó, por cercanías, claro. No puede ser que el país más grande del mundo, que ha dado ejemplo de ganancias en la economía o en las guerras (por ejemplo, Vietnam e Irán), compita con bajas, menos el mejor. Y eso logró Trump, cargarse al pobre Balagun, al que (también de manera inopinada) su entrenador puso en el partido en cuestión. Ahí las diatribas sonoras. Pongamos que, en efecto, un líder de un país anda un poco para allá y se dirige a una institución competitiva para el favor tal. Lo lógico de ese dirigente es repetir los principios inalienables de esa competición para que no haya equívocos. O lo que es lo mismo, este es un torneo al que lo determinan las normas expresas y no puede haber excepción porque eso sería injusto y porque eso arrasaría con los principios que la confirman. No fue; sin precedentes en la historia (y a pesar de que haya habido protestas manifiestas por fallos incluso aceptados) esa aberración se produjo, cual sentenció la UEFA en el comunicado oportuno. En pocos meses habrá elecciones. Un individuo así no puede ser presidente de esa institución.
