tribuna

Los primeros maestros del azúcar de Los Sauces

Cuando Alonso Fernández de Lugo culminó la conquista de La Palma, reservó para sí las fértiles tierras y aguas de Los Sauces. La riqueza hídrica del lugar, alimentada por los manantiales que más tarde serían conocidos como Marcos y Cordero, convirtió este enclave en un lugar muy preciado.

Sin embargo, la empresa conquistadora había requerido importantes recursos económicos y el Adelantado se vio obligado a compartir la mitad de aquellas tierras y aguas con el comendador catalán, Pedro de Benavent, uno de los financiadores de la conquista. En nombre de éste llegó a la isla, el mercader catalán, Gabriel Socarrás, encargado de poner en explotación aquellas propiedades.

Pronto surgió allí uno de los ingenios azucareros de Los Sauces. Los cañaverales cubrieron las tierras del interfluvio y el azúcar comenzó a integrarse en los circuitos comerciales atlánticos.

Dos escrituras notariales conservadas permiten hoy asomarse al funcionamiento cotidiano de aquel ingenio y conocer a los hombres encargados de transformar la caña en uno de los productos más codiciados de la época.

El maestro azucarero Gregorio Ramos

El 14 de mayo de 1580, una escritura firmada en Los Sauces recoge el acuerdo entre Gregorio Ramos, maestro de azúcar, y Luis Alarcón, administrador de las tres cuartas partes de la hacienda e ingenio perteneciente a los herederos del comendador Benavent.

El documento especifica con detalle las obligaciones del maestro azucarero. Ramos se comprometía a <> los azúcares blancos, moler y fabricar toda la producción del ingenio durante aquella zafra. También debía purgar los azúcares y elaborar los productos derivados como, como las espumas y remieles y hacer todas las demás panelas y azúcares de ieles batidos que de dicha zafra procedieran.

La escritura señala que la molienda prevista alcanzaría las 1580 formas de azúcar, una cifra que permite imaginar la considerable actividad del ingenio.

El maestro asume además la responsabilidad de custodiar la producción y ejecutar correctamente todas las labores del proceso azucarero.

Otra escritura, fechada en febrero de 1578, permite conocer el papel de los llamados purgadores, especialistas encargados de la delicada operación de limpiar y blanquear el azúcar.

En ella, Luis de Alarcón entrega la casa de purgar, perfectamente acondicionada y cubierta, junto con los utensilios y aparejos necesarios para cocer y purgar azúcares, mieles, remieles, batidos y panelas.

El documento menciona a Gregorio, purgador y maestro, quien debía realizar las tareas <>. La escritura insiste en la obligación de actuar sin negligencia, bajo pena de responder económicamente por cualquier daño ocasionado a la producción.

Estas cláusulas muestran hasta qué punto el proceso azucarero requería mano de obra especializada. La calidad del producto dependía de la experiencia de estos oficiales responsables de obtener azúcar suficientemente refinado para los mercados.

Trigo de Flandes para alimentar el ingenio

Las escrituras revelan también las complejas redes comerciales de la época. En enero de 1578, el administrador Zebrián Váez reconoce una deuda con el mercader Antonio de Aryel, vecino ausente de la isla.

La deuda procedía de la compra de cuarenta fanegas de trigo y diez de centeno procedentes de Flandes, adquiridas para abastecer la hacienda. El cereal se destinaba a alimentar a quienes trabajaban en el ingenio y a sostener las labores agrícolas e industriales.

El pago debía efectuarse con el producto obtenido de la propia hacienda, especialmente con los azúcares y derivados que salieran de la casa de purgar.

Lejos de una imagen de una simple explotación agrícola, los documentos muestran que el ingenio de Los Sauces funcionaba como una auténtica empresa industrial en el siglo XVI.

Administradores, mercaderes, maestros de azúcar, purgadores, herradores, carpinteros y trabajadores especializados participaban en un proceso que combinaba agricultura, tecnología hidráulica y comercio internacional.

Las aguas de Marcos y Cordero, las tierras repartidas tras la conquista y la inversión de los dueños de las haciendas, hicieron posible el desarrollo de una de las industrias azucareras de Canarias.

Hoy, aquellas escrituras notariales permiten reconstruir la vida cotidiana de un ingenio y recuperar los nombres de quienes, hace más de cuatro siglos, convirtieron el Llano de Los Sauces en uno de los principales centros azucareros de La Palma.

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