Mañana, para la mayoría de los aficionados, habrá un amistoso más de pretemporada. Un partido para repartir minutos, probar jugadores y seguir preparando la temporada. El CD Tenerife se enfrentará a la UD Añaza y, probablemente, dentro de unos meses casi nadie recordará el resultado.
Yo sí recordaré que ese partido llegó a jugarse.
Porque mañana no juega únicamente la UD Añaza. Mañana juega un barrio entero.
Quienes crecimos en Añaza a finales de los años ochenta y toda la década de los noventa recordamos un barrio muy diferente al de hoy. Un barrio construido deprisa, con muchas necesidades y con la sensación permanente de que todo estaba todavía por hacer.
Hubo un tiempo en el que la guagua ni siquiera bajaba porque no existían las infraestructuras necesarias. La iglesia era un salón improvisado en las Casas Rosadas. El centro de salud era una reivindicación constante y la asociación de vecinos hacía mucho más de lo que indicaban sus estatutos. Recuerdo a Miguelina, a Carlos, a Luis Celso y a tantos otros vecinos que dedicaban horas de su vida a cuidar del barrio sin esperar nada a cambio. Ellos también ayudaron a construir esta historia.
Durante demasiado tiempo bastaba con decir que eras de Añaza para que muchos te colocaran una etiqueta antes incluso de conocerte. El barrio aparecía en los periódicos por los problemas y casi nunca por las personas que, día tras día, intentaban hacerlo mejor. Pero Añaza siempre fue mucho más que los titulares.
Era un barrio donde todos nos conocíamos. Donde los niños jugábamos en la calle hasta que oscurecía y donde los vecinos aprendieron a construir comunidad mucho antes de que llegaran los grandes servicios, las avenidas o los centros comerciales. Fue en ese contexto donde nació la UD Añaza.
No fue el proyecto de una gran empresa ni de una institución poderosa. Fue la idea de un grupo de vecinos convencidos de que ofrecer a los niños un balón también era ofrecerles un futuro. Aquel sueño echó a andar cuando el barrio apenas estaba empezando a construirse.
Yo llegué a entrenar como portero. Duré poco. Descubrí que no tenía demasiadas cualidades y, sobre todo, que tirarse sobre un campo de tierra era bastante menos divertido de lo que parecía. Llegaba a casa con las rodillas peladas y lleno de tierra. Mi carrera futbolística terminó antes incluso de empezar. La del club, en cambio, no había hecho más que comenzar.
Mientras muchos crecíamos, estudiábamos o nos marchábamos del barrio, la UD Añaza seguía ahí. Temporada tras temporada. Generación tras generación. Con entrenadores que regalaban su tiempo, familias organizando rifas para comprar material, voluntarios pintando líneas y directivos empeñados en que cada fin de semana hubiera un equipo dispuesto a representar al barrio. Y eso, visto con perspectiva, tiene un mérito enorme.
Porque durante estas cuatro décadas el fútbol tinerfeño ha visto desaparecer clubes históricos como la UD Ibarra, el Arona o el Racing de Santa Fe. Otros, que durante años parecían imprescindibles, sobreviven hoy muy lejos de la categoría y de la relevancia que llegaron a tener. La UD Añaza, en cambio, siguió creciendo en silencio.
Por eso creo que el verdadero éxito de la UD Añaza no es enfrentarse mañana al CD Tenerife. Su verdadero éxito es haber llegado hasta aquí. Haber sobrevivido cuando otros desaparecieron. Haber seguido formando niños cuando era mucho más fácil rendirse. Haber conseguido que el nombre de Añaza dejara de asociarse únicamente a los prejuicios para empezar a relacionarse también con el deporte, el esfuerzo y el trabajo bien hecho. El deporte encontró en María José Pérez uno de sus mejores ejemplos. Desde Añaza llegó a vestir la camiseta de la selección española y hoy da nombre al mismo campo donde cada tarde otros niños y niñas empiezan a perseguir sus sueños. Ese también es el legado de un club que nunca dejó de mirar al futuro.
La temporada que acaba de completar el club, con su ascenso a Tercera RFEF y la final de la Copa Heliodoro Rodríguez López, ya forma parte de su historia. El partido de mañana frente al CD Tenerife es simplemente la consecuencia lógica de cuarenta años haciendo las cosas bien.
Para muchos será una simple curiosidad estadística. Para mí, es otra cosa. Es la confirmación de que los barrios también crecen. Que los sueños colectivos existen. Que las pequeñas victorias de ayer terminan convirtiéndose en los grandes logros de mañana.
Aquel barrio al que costaba llegar porque ni siquiera la guagua podía bajar es hoy un barrio plenamente integrado en Santa Cruz. Tiene colegios, una piscina municipal, servicios, comercios y una identidad propia de la que sentirse orgulloso. No porque sea perfecto. Ningún barrio lo es. Sino porque nunca dejó de avanzar.
Mañana, cuando el balón empiece a rodar, el marcador señalará 0-0. Pero no será un partido cualquiera. Será el final de un viaje que comenzó hace casi cuarenta años, cuando un grupo de vecinos decidió que Añaza también merecía tener un equipo de fútbol.
Y será, sobre todo, un homenaje silencioso a quienes construyeron comunidad cuando todavía quedaba por construir el barrio.
Porque mañana el CD Tenerife jugará contra la UD Añaza. Quienes crecimos allí sabemos que, en realidad, juega todo un barrio. Y ese partido llevaba cuarenta años esperando para disputarse.

