Cualquier periodista al que le quede algo del viejo oficio en el cuerpo debería leer el último libro de Arturo Pérez-Reverte, Enviado especial (Alfaguara, 2026). Reverte estuvo 21 años escuchando el silbido de las balas, tan cercanas como la que rozó la oreja de Trump. Algunos personajes de sus escritos de guerra inevitablemente se repiten, pero sus crónicas, ahora compiladas en un tomo, son lecciones de periodismo, de valentía, de sinceridad y de audacia. Un periodista es, generalmente, un burlanga y Arturo se atreve hasta alabar -por fin- al plumilla que dirige el cotarro desde las mesas de las redacciones, no sólo a los que se baten en las trincheras con la máquina fotográfica abollada colgando y un block de notas lleno de mierda. En casa, Reverte recordaba una frase de un redactor jefe de Pueblo, el mejor periódico español del siglo XX. Sonaba un teléfono de la redacción incesantemente y nadie lo cogía. De detrás de una mampara apareció la cabeza del redactor-jefe de turno que gritaba: “No cojan el teléfono, cabrones, que puede ser una noticia”. Comparto con Arturo todos sus escritos, en revistas, periódicos y libros y estoy de acuerdo con él en las traiciones de España a la gente que se batió por el país en el Sahara, finalmente regalado a Marruecos. Nadie como él contó la guerra de los Balcanes y las crueldades serbias contra hombres, mujeres y niños. Contra ancianos, contra hospitales, contra heridos indefensos, contra mujeres que cruzaban una calle en busca de un trozo de pan para sus hijos. Los periodistas robaperas que cobran generosamente del Gobierno, tras el parapeto de un gabinete de prensa, esos que nunca han estado al borde del abismo, deberían, más que nadie, leer este libro, cuyas 600 páginas he devorado en un par de días. Esta profesión atesora, escondida en su mierda tradicional, su pequeñita gloria; pero pocos tienen fundamento para contarla con rigor. Pérez-Reverte es uno de ellos.
