Media España está de vacaciones y la otra media se irá en agosto. Esto no quiere decir que una de las dos Españas haya desaparecido. La parte proporcional de cada mitad sigue estando ahí para nuestra desgracia y yo intento identificarme con aquellos que se me parecen. Creo que no lo voy a conseguir porque las cosas que me mueven son más bien generacionales y en este aspecto el reparto es difícil de adjudicar. Ahora, por ejemplo, se habla de playas y piscinas y de los esfuerzos que hemos de hacer para lucir tipo en cualquiera de los dos sitios. Tengo a la vista un artículo de Sergio del Molino, donde se encuentra conforme con su tripa, y otro de Marina Perezagua en el que asegura intentar con la cirugía estética retrasar el instante en que dejamos de sentirnos elegidos. Ya no tengo sitio donde ubicarme para sentirme algo, sea lo que sea, elegido o no. No me encuentro en los boomers ni en ninguna otra de las listas donde nos encuadran sin quererlo, igual que en la falange en los tiempos del franquismo. Hace unos meses que cumplí 84 y aún estoy aguardando el tiempo para figurar en el mundo de los elegidos. Me tengo que conformar con esa selección frustrante que solo se produce cuando accedamos al más allá. Lo de la tripa de Sergio del Molino me parece más asequible. Se trata de buscar razones para el conformismo, pero sé que esto nada tiene que ver con la edad. Ayer en el híper vi a una pareja acompañada de dos niñas pequeñas. Él lucía atlético, pero ella se había desbaratado de tal manera que parecía un marsupial con la bolsa enorme colgando bajo el estómago. Había una descompensación manifiesta que me obligó a protestar por una injusticia provocada por una patente desigualdad. Luego vine a casa. Descargué la compra en la nevera, cada yogur con su sabor y el queso en su sitio. Quizá esté abusando de los lácteos. Luego me puse a leer a Joyce. Joyce es muy recomendable para seguirle el ritmo. Me cuesta mucho trabajo entender que se sienta uno de los elegidos y yo tampoco por comprenderlo. Ojalá pudiera verme diferente mirando mi perfil en el espejo y comprobar que tengo el vientre plano. Ya no voy a la piscina para no morir de envidia contemplando la exhibición de los que se sacrifican en el gimnasio o de los que se someten a la liposucción y a la cirugía para arrojar sobre los demás sus excesos de felicidad. Sergio del Molino cuenta cómo un fotógrafo le decía que metiera la tripa y que tuvo que subirse un árbol para hacer un contrapicado donde la barriga quedaba disimulada por el escorzo. Es una cuestión de perspectiva, un trampantojo que hacemos con nosotros mismos para falsear la realidad que ofrecemos a los ojos de los demás. El algoritmo de las redes sociales hace que no me lean las personas más jóvenes que yo. Da igual, en cualquier caso no me iban a entender. La vida es un relevo y, como decía mi querido Arturo Maccanti, estamos para quitar. Yo me resisto. Al final me quedo con lo que dice Sergio, que es mejor conservar la tripa para así poderle echar la culpa de todo lo malo que nos pasa. Al menos compensamos ese vacío de no sentirnos elegidos solo por el hecho de mirarnos al espejo.

