Hasta que han empezado las llamas de verdad este verano en Andalucía, por desgracia, con víctimas mortales, veníamos de la refriega política incendiaria. En el barro y la ira. Ha sido Trump, el más bronco de todos, el que sorprendió en Ankara pronunciando la palabra “amor”.
Y lo hizo, contra todo pronóstico, para referirse a los socios de la OTAN y, en particular, a la “maldita” España y al “terrible” Sánchez del no a la guerra, a las bases y al 5% de gasto en Defensa. Dada la diabólica diáspora de la realidad en que se sitúa la oposición española -capaz de boicotear en el Senado el tratado de amistad con Francia por mezquindad partidista-, se ha jaleado mucho al Trump contrariado con Sánchez, pero ni media palabra de la luna de miel.
Cuando Biden era presidente, hace cinco años, en Bruselas, en otra cumbre de la OTAN, la oposición y sus terminales mediáticas se burlaban de los 29 segundos de diálogo de paseíllo entre el demócrata americano y el socialista español tras la foto oficial. Como luego se hicieron amigos, y era Biden el que iba detrás de Sánchez por los pasillos buscando conversación, la oposición cambió de tema. Si Trump, que no está bien -su comportamiento errático y los cambios de humor en esta cumbre no emiten buenas señales-, siguiera siendo indulgente con el español, volveríamos a las andadas, a esa indiferencia.
A puerta cerrada, Sánchez le contó en tres minutos cómo España cumple con el Pacto Atlántico con un 2% de inversión y es el tercer país que más crece en gasto militar. Le detalló las misiones en las que participa y la nueva del Atlántico Norte, el Báltico y el Ártico. El anfitrión, el turco Erdogan, agradeció las baterías españolas de misiles Patriot, tan eficientes ante las bombas descarriadas de Irán, y eslovacos y letones abundaron en apoyos a España. Trump no le quitaba ojo a Sánchez, como hipnotizado, cuando todos temen que, con 80 años y su historial de narcolepsia en público, cierre los ojos y acabe echando una cabezada. Esta vez pasó algo desconcertante.
Fue la semana de la injerencia de Trump en el Mundial por la tarjeta roja a Balogun, la estrella de la selección yanqui, que Infantino, obediente, indultó tras una llamada del presidente de EE.UU., como aquel jeque kuwaití que saltó al campo en el Mundial de España y el árbitro lo consoló anulando un gol provocado por un silbato desde la grada.
En la cumbre de Ankara esperaban a un Trump con malas pulgas, porque, a pesar de su cacicada, EE.UU. sufrió la goleada de Bélgica y quedó fuera del Mundial. En efecto, echaba chispas. Volvió a la carga sobre Groenlandia y amenazó con llevarse a todos sus soldados de Europa. No perdonó la “deslealtad” en Irán. Y puso a caldo a España.
El momento más crítico fue cuando, dirigiéndose a su secretario del Tesoro, Scott Bessent, en mitad de una conferencia de prensa con Mark Rutte de estafermo, le dijo: “Corta todo el comercio con España, por favor, incluidas las visitas. ¿De acuerdo?” Bessent asintió sumisamente: “Sí, señor”. Tres horas después, tras la sesión plenaria a puerta cerrada, donde todos los socios se ciñeron a la regla de los tres minutos para que no se les durmiera, el mismo hombre colérico sonreía. “Queremos quedarnos con ustedes”, les dijo a los aliados. Y a la prensa declaró haber sentido “amor en el aire” de la cumbre. Puso a España por las nubes. En su jerga, se había “redimido”.
En ese giro copernicano tuvo algo que ver un encuentro informal entre los dos, en el que, según el presidente español, no le hizo ningún reproche y hablaron del Mundial, de fútbol y golf, distendidamente. En los pasillos de la ONU, después de tropezarse con Lula, Trump iba diciendo que le había caído bien. Con Petro se quedó prendado tras una conversación telefónica. Sánchez me recuerda a Mandani, alcalde de Nueva York, socialista y musulmán. Cuando Trump lo conoció en persona, los demonios se le volvieron ángeles. No olvidemos un detalle, Melania le dio plantón en Ankara. Y un juez impidió que viajara Begoña Gómez, por ¡riesgo de fuga! (sic). Trump y Sánchez eran dos rodríguez en la cumbre de la OTAN hablando de fútbol y golf.
Hay una plaga contagiosa de dislates en la alta política, cuyo caso índice, como en toda epidemia, sería Trump. Tanto Erdogan como Rutte habían preparado la cita como si de una boda se tratara. Y, al parecer, dieron en el clavo. Ellos minutaron y decoraron el lugar del crimen, para que fuera un encuentro a la altura del ego del invitado. Cuidaron la puesta en escena como un agasajo a un emperador en el palacio presidencial. “Me dijeron: señor, le queremos mucho. Son adultos los que dicen eso. ¿No es maravilloso?”, comentó feliz y se guardó todo el rencor. Habían decorado la sede a gusto de un hombre que vive bañado en pan de oro.
Pero nadie se explica el regalo de Erdogan a sus huéspedes estadistas: un revólver con cada nombre grabado en el cañón y una caja de balas. La pregunta no es quién está mal, sino quién está bien de la cabeza en la política en este mundo de locos.
