tribuna

Campoamor

Es difícil enjuiciar lo que ocurre con imparcialidad. Es difícil porque siempre está la intención de arrimar el ascua a la sardina de los intereses políticos, y la polarización hará que las cosas siempre se vean a través del cristal de Campoamor. Menos mal que el poeta advierte que esta circunstancia se da en un mundo traidor y, por tanto, poco recomendable. Decir que nada es verdad ni mentira es reducirlo todo a una relativización insoportable y así ambas cosas residen en cada bando en función de dogmas, argumentarios y consignas militantes en lugar de estar apoyadas en la razón. La razón no existe, la otorgan las mayorías, igual que esa verdad que Habermas asegura surgir de una medición estadística.
Estamos en un mundo cuántico infalible basado en la confianza en una probabilidad. Nada hay por encima de esto, porque la ciencia basa sus mediciones en la observación de la repetición de los hechos y eso no se puede discutir. En ello se fundamenta la democracia y corremos el riesgo de depositar toda la confianza en sus principios participativos más que en la existencia de unos indiscutibles admitidos por la generalidad. La democracia se debilita en función de su propia definición.
Así, por ejemplo, el respeto al estado de derecho se quiebra cuando éste se puede alterar en nombre del ejercicio de la soberanía popular. Entonces lo natural queda relegado a la opinión surgida de una circunstancia coyuntural. En este sentido se podría afirmar que ciertas ideologías no se asientan en convicciones democráticas sino en conveniencias surgidas de la aplicación de las tesis de Maquiavelo.
Leo un articulo en El País (siempre a cuestas con ese símbolo informativo) donde dice que el lawfare no existe sino que todo se debe a un sistema de enjuiciamiento anticuado. Tengo la impresión de que esto solo se refiere a los casos que tienen que ver con la política, porque en los otros, que son los que afectan a la mayor parte de los ciudadanos, no se practican denuncias sobre instrucciones fraudulentas o manipuladas por organismos extraños a la justicia. Estas consideraciones me llevan a sospechar que hay una falta de limpieza en el sistema, pero luego concluyo que siempre ha sido así, que la culpa no la tienen las leyes ni los jueces sino una práctica donde todo vale y cada cual intenta sacar el mayor aprovechamiento de la circunstancia política que se le brinda, juegue con blancas o con negras en este tablero donde se somete nuestro futuro más inmediato. En todo hay una doble visión y ninguna de las versiones está más investida de razón que la contraria.
Vivimos de una inestabilidad temporal donde los casos se sustituyen a una enorme velocidad, y en cada uno de ellos se presentan conclusiones contradictorias que nunca dan una solución unánime al problema que se plantea. En menos de una semana asistimos a unos terribles incendios, al incidente del ático de Ayuso y a una crisis migratoria en Ceuta. Una paga la otra, como en las suertes sencillas de los casinos, en esa especie de ganapierde que nos hace estar hasta la madrugada frente a la mesa de juego sin quebranto aparente. Siempre habrá dos caras en este sistema binario donde si no sale el rojo saldrá el negro. Las dos tesis están sobre el tapete: ¿Se trata de una crisis humanitaria o de una crisis política? Unos se pondrán la palestina y otros no, pero lo que es seguro es que no todos la verán desde el mismo punto de vista. Lo dicho por Campoamor es verdad. Dependerá del color del cristal. Pues así todo el día.

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