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Ceuta, nuestro paraíso

En la noche de los tiempos, Juan Alfredo Amigó y José Luis Olcina me invitaron a viajar a Ceuta para que yo visitara el parque marítimo que diseñó César Manrique y cuyo proyecto se debe a los citados ingenieros. El parque era una maravilla, no sé cómo lo habrán conservado, supongo que bien. Ceuta me pareció entonces una ciudad alegre, con una vida rica en comercio y con una sociedad abierta y tolerante, que vivía despreocupadamente. Estoy hablando del año 1997. Posteriormente a la visita, sólo unas semanas después, publicamos un libro, editado por Burgado, que yo titulé Ceuta, nuestro paraíso. Recuerdo que nos alojamos en el parador nacional, muy cómodamente, y que comimos en restaurantes francamente buenos. Existía una convivencia admirable entre la población española y la marroquí, ni un altercado, y se podía salir de noche a cualquier parte, al contrario que ahora. Como conocí bien la ciudad de entonces me da mucha pena lo que les está ocurriendo ahora a los ceutíes, abandonados de la mano de Dios y que viven en una incertidumbre que no merecen. Su país parece haberlos ninguneado y no hay derecho. Ceuta se esforzaba por ser una ciudad europea y el encargo que le hicieron a César, que había muerto en 1992, era un ejemplo de ello. El artista diseñó el parque con su habitual estilo y logró que la ciudad volviera a mirar al mar. Lo bautizaron como Parque Marítimo del Mediterráneo, aunque también podrían haber aludido al Atlántico, porque la ciudad está entre dos mares, aunque es verdad que la baña el Mediterráneo. Pasé unas jornadas muy agradables en la urbe ceutí, en compañía de mis amigos y de sus esposas, y me llevé un gratísimo recuerdo de este enclave español en África. Por eso me da mucha pena de lo que les está ocurriendo ahora a la ciudad y a sus habitantes.

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