Hay una paradoja que la ciencia política lleva cuarenta años intentando explicar en estas Islas, y ella es la manera de sobrevivir del eje identitario canario. Lo hace en dos planos que rara vez se tocan: el de quienes siempre gobiernan y el de quienes rara vez han tenido un escaño, pero tienen una gran influencia en el sentido común archipielágico. Estos son, de un lado, los que contuvieron el pleito insular entre los partidos insularistas más conservadores creando las Agrupaciones Independientes de Canarias (AIC) de Manuel Hermoso en los años 90, y quienes, con un marcado carácter izquierdista, no logran aún asentar un hueco en el espacio institucional canario para ideas abiertamente soberanistas.
Los primeros, han ejercido un regionalismo constante en instituciones como las Cortes Generales, gracias a la narrativa basada en que un partido exclusivamente canario tiene, a través del poder de chantaje durante la negociación de presupuestos estatales, más capacidad para asentar su agenda que las élites de los partidos estatales en Canarias. Este es el nacionalismo institucional, representado por Coalición Canaria, Nueva Canarias y sus socios.
El segundo plano es más interesante. Existe un nacionalismo canario que no ha tenido representación institucional prácticamente nunca y que, sin embargo, sigue produciendo símbolos, relatos, efemérides, discusión historiográfica sobre lo guanche y lo amazigh, y un marco de lectura sobre el colonialismo interno y la dependencia turística. Los movimientos sociales tienen un nombre teórico para esto: estructuras de latencia. Cuando una causa de apoyo mayoritario por la sociedad no puede ganar por falta de capacidad electoral u organizativa, se repliega, conserva sus redes y espera. Ahí están para ello multitud de organizaciones de carácter soberanista y ecologista que tienen gran respaldo social y ciudadano, marcando, la vanguardia de lo político en Canarias. No se han organizado aun adecuadamente en lo político-electoral canario; ni en el desarrollo de redes de poder municipal, ni con referentes de gestión potentes – que son las dos características que más persuaden al votante movido por el eje identitario – pero logran mover posicionamientos de los grandes colosos políticos de Canarias, el PSOE de Canarias y Coalición Canaria.
Este tipo de grupos y asociaciones, con liderazgos sociales difusos, cuando aparece un conflicto que roza los límites de lo que han establecido culturalmente, como en el caso de las prospecciones petrolíferas, o de las razones detrás de Canarias Tiene un Límite, desarrollan un repertorio intacto y salen a la calle de forma masiva transformando el sentido común de la mayoría, aupados además por el hecho de que no gobernar mantiene limpia tu legitimidad, pues no tienes que enfrentarte a las contradicciones propias del ejercicio del poder. El partido más cercano a representar estas dinámicas es el partido de Carmen Peña, por eso queda un poco forzado y anti-natural el intento de Nueva Canarias de transformarse hacia ese ámbito.
Entre la copia y el original, el personal siempre va elegir el original, que en este caso, como digo, es la militancia de Drago Canarias.
