tribuna

El enigma de Humboldt en Tenerife: ¿científico o espía?

La isla de Tenerife guarda entre sus riscos y montes una historia fascinante: la visita, en 1799, del prestigioso científico berlinés Alexander von Humboldt (1769-1859), uno de los más importantes de su tiempo, quien recibió el patrocinio de reyes, perteneció a varias academias científicas y cuyos relatos sobre viajes y descubrimientos capturaron la imaginación de sus coetáneos, convirtiéndose su nombre en sinónimo de exploración y aventura. Un científico ilustre, pero también un hombre rodeado de misterio, cuyas observaciones meticulosas han alimentado durante siglos la especulación sobre su posible faceta de espía.

Hay que situarse en el contexto histórico y tomar conciencia de la importancia estratégica de la isla. A finales del siglo XVIII, las potencias europeas se disputaban el control de los territorios ultramarinos y España era la gran nación a batir. La información era un arma de doble filo: conocimiento científico y poder estratégico. Dos años antes, una flota inglesa dirigida por Horacio Nelson había intentado tomar Tenerife a sangre y fuego.

Carlos IV le otorgó tanto a él como a su compañero, el francés Aimé Bonpland (1773-1858), un permiso especial o salvoconducto para explorar y recorrer libremente los territorios del Imperio. A pesar de las fuertes restricciones que impedían en la época el acceso de los extranjeros a los territorios de la Corona, se le otorgó la posibilidad de recorrer libremente la América Española, entre 1799 y 1804, siendo su primera parada en la travesía La Coruña y, luego, Canarias.

Cautivado por la majestuosidad del Teide, dejó constancia de su asombro ante la diversidad de la flora y fauna tinerfeñas. Sus escritos, impregnados de admiración, describen un edén donde la naturaleza se manifestaba en toda su exuberancia.

Humboldt, con sus contactos en las altas esferas, era un observador privilegiado. Pero ¿fueron sus observaciones meramente científicas?, ¿Acaso sus detalladas descripciones de la topografía, los vientos y las corrientes marinas, útiles para la navegación y la estrategia militar, fueron utilizadas para esos fines? Las sombras de la sospecha se basan en dos aspectos de su viaje.

Primero, llama la atención la meticulosidad de sus trabajos y lo detallado de sus notas. Por lo que se refiere a Tenerife, no solo habla de la flora y la geología, sino también de las defensas militares, sus puertos y recursos.

También existe documentación que confirma que el tercer presidente de los EE. UU., Thomas Jefferson (1743-1826), le solicitó información concreta sobre los recursos minerales y la geografía del Virreinato de Nueva España. Humboldt incluso se pronunció ante los estadounidenses apasionadamente sobre la posibilidad de construir un canal interoceánico, barajando tres posibilidades: Istmo de Tehuantepec (México), Nicaragua e istmo de Panamá, cuestión alejada de lo estrictamente científico.

Los exploradores, a menudo, eran también informantes. Es difícil discernir si Humboldt actuó conscientemente como espía o si, simplemente, sus conocimientos fueron aprovechados por otros. Su figura se desdibuja entre el científico ilustrado y el observador perspicaz. Esta dualidad añade una dimensión fascinante a la historia de un hombre que dejó una huella imborrable en la ciencia a la par que una pregunta en el aire cuya respuesta se perderá en los anales de la historia como tantos misterios irresolubles: ¿Fue un mero científico o era también un espía?

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