El fiado, en Canarias, fue una costumbre convertida en tradicional con el paso de los años, por la que usted hacía una compra en una pequeña tienda de ultramarinos (mejor llamadas ventas), lo dejaba apuntado en la libreta del comerciante y pagaba cuando podía, generalmente en tiempo de cobranza de jornales.
Los comercios locales usaban este método como una red de apoyo mutuo para ayudar a las familias vecinas a sobrevivir en épocas de escasez. La confianza vecinal era requisito ineludible y el fiado se basaba en la palabra y la relación cercana entre el dueño de la venta y los compradores del lugar.
Mi abuelo Pepe tenía una venta en San Miguel de Abona y recuerdo perfectamente que fiaba, con absoluta solidaridad, y, por supuesto, con el cumplimiento leal de vecinos particularmente serios. Recuerdo a una señora muy amable que pedía: «Apúntemelo, Don Pepe, que el viernes se lo pago». Mi abuelo cogía el lápiz, que normalmente tenía sujeto detrás de la oreja, hacía una raya en la libreta y asunto resuelto. Nadie firmaba nada. Bastaba con tener vergüenza, y, como sucedía casi siempre, cumplir. Todavía hoy, y a pesar del gran empuje comercial del municipio, los sanmigueleros tenemos fama de pichirris, y tal vez sea yo el único botarate, pero también somos muy formales.
Hubo un tiempo en el que la palabra, que es elemento clave en el análisis del fiado, valía tanto como una firma. Bastaba un apretón de manos, una mirada sincera y un compromiso de cumplimiento. No hacían falta notarios, abogados, asesores, contratos de veinte folios ni claves de verificación. La firma estaba implícita en el honor, en la vergüenza de quien sabía que faltar a su palabra era perder algo mucho más valioso que el dinero: el respeto de un pueblo entero.
Mi abuelo vendía, y fiaba, alpargatas, café, aceite, jabón lagarto, gofio, telas, libretas para la escuela, queso duro y picón, productos para el campo o pienso para el ganado, papas, caramelos, chucherías múltiples (regaliz, caramelos Bazoka, cigarrillos y monedas de chocolate) y aquellos alimentos a granel que se envolvían artísticamente con el papel que se encontraba siempre sobre el mostrador. Aquella venta, como todas las diseminadas a lo largo de la geografía canaria, mató mucha hambrita.
No hace falta que les diga que esta costumbre desapareció en la década de los 60 y 70 con motivo de la llegada de las grandes superficies hasta el tiempo presente. Las cajas registradoras, los sistemas de cobro digital reemplazaron el papel, y, además, la inflación hizo definitivamente inviable el modelo.
Podríamos preguntarnos si es posible fiar hoy y la respuesta podría ser incluso afirmativa. Lo que ocurre es que ya no se fía a un cliente, sino a una persona. En la realidad, el fiado nunca fue una operación financiera, sino, preferentemente, un acto de confianza. El problema no es que hayan desaparecido las libretas, que muchos aún las usan, sino que escasean las verdades y las lealtades capaces de sostenerlas.
Recientemente, me puse muy serio, planteé la propuesta con mi rictus original y pedí un fiado en Mercadona. Pensé que la cajera entendería mi broma, pero, antes al contrario, me miró como si le hubiera pedido un kilo de chochos de millo, o, lo que sería lo mismo, un litro de leche de cabra recién ordeñada. En la realidad, el fiado ya es una pieza de arqueología sentimental.
Y concluyo. Mi abuelo, de quien recibí -entre otros y otras- el honor de ser chasnero, tinerfeño, canario y español, nunca estudió Economía, ni hizo un máster en Finanzas. Quizá por eso en aquellos pueblos había menos tarjetas de crédito, pero bastante más crédito entre las personas. Y no sé si aquello era progreso. Lo que sí sé es que para deber cinco duros bastaba con dar la palabra. Y había que tener mucho cuidado: la palabra no prescribía. Mi abuelo no tenía datáfono. Tenía memoria. Y esa no se quedaba nunca sin cobertura.
