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Ladrones

Mi amigo Félix Lam me envía, desde el Bronx -zona buena-, un pin que me compró en la tienda de Donald Trump, en la Quinta Avenida, con la bandera de los Estados Unidos. Valor, cinco dólares, o sea, unos cuatro euros. Una oficina de Correos del Bronx le cobra 23,50 dólares, unos 18 euros, por el sobre hasta Canarias. Por unos pocos gramos, lo que pesa un pin. Y el cartero, que me entrega el envío el 4 de septiembre, tres semanas después de su salida de Nueva York, me cobra otros tres euros, no sé de parte de qué ladrón, si es del Gobierno de Canarias o del Gobierno central o del Cabildo, que aquí mama todo el mundo. Total, que un pin que costó cinco dólares en la tienda de Trump pasa a valer unos 30, incluyendo los gastos de envío, haciendo un cambio a ojo entre las dos monedas. Es el pin más caro de la historia contemporánea (no sé si en la antigüedad hubo algún otro de superior precio). Este mundo se ha vuelto completamente loco. Tres semanas para llegar una carta desde Nueva York. Otra anterior que me envió Félix no la he recibido. Y tres euros de impuestos ¡en Canarias! por un pin que costó cinco dólares en USA. En este país, estructurado sobre la base de quién roba más (me refiero a España), nadie me explica, ni el cartero tampoco, el porqué de los tres euros de impuestos sobre un objeto que costó cinco dólares, es decir, unos cuatro euros. Vivimos entre ladrones, eso lo sabía yo, pero, coño, de ladrones y extorsionadores. Residir en Canarias supone una especie de infierno, en materia impositiva, porque todos quieren cobrar: aduana, cabildos, Gobierno de Canarias. Es la quintaesencia de la mamandurria. Y aquí tienen al pobre jubileta, con una pensión de mierda, esperando a Godot.

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