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Odio las redes sociales

No soporto las redes sociales. Considero que son dañinas, pero me abrieron una cuenta en Tik-Tok y tuve videos hasta con un millón de visualizaciones. Pasé de los 20.000 seguidores en pocos meses y al final mandé todo a la mierda. No gané un duro con tanta parafernalia. Mis amigos expertos me aconsejaban que siguiera, que había logrado todo un récord, pero yo no me sentía con ánimos. Quizá me encontraba demasiado viejo para convertirme en influencer. Me gusta más ver una serie de los seals y escribir pollabobadas que ponerme a despotricar y a ironizar por escrito sobre los personajes que no me gustan. Lo mío siempre ha sido la ironía, pero he hecho más de punta de lanza que de periodista irónico. Con lo de Ceuta me habría hinchado de ver entradas en mis videos, habría viajado allí y contado el horror que ahora estoy viendo por televisión. Pero también me he vuelto miedoso. Tuve escolta privada hace años. Y licencia de armas. Me la concedieron porque vivía en un lugar aislado y porque coleccionaba enemigos. Naturalmente que nunca la utilicé, sino en salas de tiro. Pero cuando cumplí una determinada edad la dejé caducar y, antes, entregué el arma. Era una licencia plena: podía ir armado a todas partes, con una pistola en la cintura; oculta, eso sí. Pero esto pertenece al pasado. Además, me la concedieron con un Gobierno del PSOE y me la renovaron sin problemas durante años. Pero las carga el diablo. Mejor, en el armero, y ahora ya ni eso. En fin, que cualquier tiempo pasado fue más divertido, pero ahora vivo despanzurrado en un sillón, con viajes cortos desde el sofá beige a la mesa del despacho. Porque ni siquiera la calle me gusta: no veo sino magos peludos. Este país se va convirtiendo, poco a poco, en un infierno, aunque yo tengo esperanzas porque la hoy denostada España siempre saca la cabeza.

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