A veces la inteligencia artificial me hace dudar de mis capacidades inteligentes. Me siento abochornado ante su imposición, pero luego me refugio en que hay algunas cosas que todavía puedo hacer por mí mismo sin que tenga que echar mano de ella; cosas que creo que ella no estaría en disposición de hacer o de pensar. Por ejemplo, escribir lo que se me ocurra sin tener que echar mano de su auxilio para demostrar que soy más inteligente de lo que realmente soy. La inteligencia es una cualidad biológica, especialmente desarrollada en los humanos, como cualquier función vital, lo que sucede es que su desarrollo expansivo es capaz de expandirla incluso fuera de nosotros mismos, como cualquier otra actividad. No sé si en esto estamos jugando con fuego. Tendría que preguntarle a Nietszche si se trata de su Übermensch o el Übermensch seremos nosotros como resultado de liberarnos de su presión. Al final es algo equivalente a meternos en el arca los escasos seleccionados y salvarnos del asalto. La sensación es de desconfianza y desprotección, siempre con la sospecha de que alguien invisible está manejando los hilos de la marioneta para gobernarnos. La realidad es que ha ocurrido así desde el principio de los tiempos. La evolución consiste precisamente en eso: en unas minorías que tiran por el conjunto, a veces dotadas de un mayor número de neuronas y a veces no. Esta cuestión, que es aleatoria, queda superada creando una verdad de silicio que hoy por hoy es manipulable por los Lex Luthor de turno, pero que un día, no muy lejano, acabará por emanciparse para tener una existencia autónoma, controlable solo por su entidad mecánica. Esta situación me inquieta, pero más lo hace el comprobar cómo una máquina, formada por individuos iguales que yo, pretende arrasarme con el imperio de su comportamiento ilógico, con el engaño y con la mentira. Ante esto sí me siento realmente indefenso. Al fin las máquinas inteligentes han sido diseñadas por hombres como yo y, con algún esfuerzo, puedo llegar a entender su funcionamiento, su utilidad y su razón de ser. Pero de lo otro cómo me libro. Es bastante peor que la IA y convivimos con ello a diario, justificándolo como el comportamiento normal de la discrepancia. Ayer hablaba del debate entre credibilidad y verdad. Hoy compruebo que hay heraldos de la mentira, defendiéndola a capa y espada para tratar de ser creíbles. En esto no me fallaría una computadora inteligente ni un robot programado según la lógica. Entonces creo necesaria la existencia de los robots para salvarnos de esta invasión de falsedades a fin de conseguir que se implante algo que hemos dado en llamar la normalidad. ¿Qué se lo normal? ¿Un mundo donde impera la demagogia y la verdad se mide por estadísticas? Habermas dijo que la verdad es la que impone la mayoría, pero con el requisito de la racionalidad. Mi pregunta es si con nuestro comportamiento social estamos cumpliendo esa norma. Ante esto me quedo con la IA. Es menos peligrosa. El hombre, según Bertrand Russell es un cúmulo de instintos y de pasiones. Cuando imperan las bajas es para echarse a correr.
