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Un domingo comiendo caviar

El domingo último me pasé la tarde comiendo tostadas con mantequilla y caviar ucraniano, exquisito. Un amigo me regaló una lata generosa y me la mandé todita, en el almuerzo y en la cena. Lo cuento para que los muertos de hambre engorden su envidia a mi costa. Porque campean por ahí muchos muertos de hambre, en el sentido más peyorativo de la palabra, que nada tiene que ver con los que pasan hambre, naturalmente, a quienes en lo posible siempre he intentado socorrer. Dicen que el caviar ucraniano, que es naranja, no tiene nada que envidiar al ruso, ni al iraní, que para mí es el mejor de todos. Pero nunca me había pasado un domingo entero comiendo caviar; es una novedad que apunto en mi libro de los récords. También se come caviar en los aviones oficiales, según leo, así que la plebe ejerce su réplica, y con alborozo, y más cuando es manjar de baracalofi, es decir, gratis. Resulta que mi amigo celebró su 80 cumpleaños y le sobraron unas latas, una de las cuales fue a parar a mi nevera el viernes anterior y engullido convenientemente el domingo. Una gozada y, además, no llamé a nadie para compartirlo, en un egoísta ejercicio de gula digno de mejor causa. No creo que el caviar sea malo para el corazón y si lo es, pues sería tarde. Es bueno, de vez en cuando, quedarse en casa, medio desnudo, como Tarzán, a causa del calor y comiendo una exquisitez. Eso de vivir bien hay que aprovecharlo, porque no siempre se puede, sobre todo porque a uno no le sobran los posibles, que decían los antiguos. En fin, lo quería contar para dar una alegría a mis enemigos, que cada vez son menos porque se van muriendo. Todavía quedan unos cuantos, a los que les deseo larguísima vida. La misma que me desean ellos a mí.

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