tribuna

Verdad versus credibilidad

La pregunta no es dónde está la verdad sino dónde está la credibilidad. Ahora se pretende desclasificar algunos informes del CNI, los que convengan, para demostrar que Marruecos no estaba detrás de lo sucedido en Ceuta. Sánchez lo calificó de ataque a la integridad territorial y se fue de vacaciones. Ahora el Supremo ha suspendido cautelarmente los efectos electorales de la Ley de Nietos y el Gobierno dice, según Carlos Cué en El País, que el órgano judicial alimenta el bulo de que se quiere aplicar ingeniería electoral, bastante parecido a lo que se llama vulgarmente un pucherazo. Algo de esto hay cuando el presidente le responde a Feijóo que volverá a ganar en las urnas mientras las encuestas le hacen perder hasta 23 escaños. Lo de Ceuta es blanco y en botella, a pesar de que Borrell hable de tocar el tambor, una costumbre que hace años solo hacía don Nicanor en la Plaza de España. Está avalado por la opinión del 90 % de los españoles, según la encuesta de 40Db para El País. Lo de la Ley de Nietos también, pero más difícil de controlar con una encuesta, pues se trata de personas que están a miles de kilómetros y a las que se les presupone un voto de izquierdas por su parentesco con exiliados políticos. El problema estriba en cómo se demuestra que lo son si la instrucción se generaliza a los que abandonaron España entre 1936 y 1955. Siguiendo este criterio han solicitado la nacionalización más de dos millones de posibles futuros electores. Si esto no es un tipo de ingeniería electoral que baje Dios y lo vea. Por eso Sánchez no se corta y le advierte a la oposición que arrasará en las urnas, en contra de lo que dicen todos los sondeos. El debate está entre credibilidad y verdad. ¿Cuál es la verdad? ¿Cómo se puede establecer una verdad que solo sea creída por el 10 % de los ciudadanos? Pues estas cosas suceden y se las llama bulos en una guerra abierta entre los poderes del Estado, haciendo recaer la sospecha sobre los jueces mientras se presume de los altos niveles de calidad democrática. Estamos asistiendo a un espectáculo de resistencia desesperada, casi numantina, retornando al tiempo de los comuneros de Villalar, de las germanías, de los intentos revolucionarios de Cartagena o de los segadores en Barcelona. España es un país fuerte. Según decía Bismark, siempre se sobrepone a las amenazas de destrucción. La última demostración de unidad ocurrió en 1978 cuando por medio de una Transición pacífica aprobamos la mejor Constitución democrática que nos fue posible. Hace más de 20 años que hemos entrado en una etapa de autodestrucción. No quiero ser alarmista, pero cada vez se ve más claro que la verdad se establece con escasas dosis de credibilidad y parece no importarle a nadie.

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