El 15 de junio de 2015 se descubrió en aguas de la Punta del Hidalgo, un pequeño cañón durante las obras de ampliación del muelle pesquero del Roquete. La pieza se trasladó al Museo de la Naturaleza y Arqueología (MUNA), donde María García Morales y Ruth María Rufino García, técnicos del Área de Conservación-Restauración del Organismo Autónomo de Museos y Centros del Cabildo de Tenerife, iniciaron de inmediato los trabajos de conservación para evitar la rápida degradación que han sufrido otros cañones recuperados del mar.
Tras retirar la gruesa capa de barro que cubría la pieza, lo sometieron durante dos años a un tratamiento por electrólisis en una cuba construida exprofeso. El tratamiento terminó con la aplicación de una capa de barniz protector.
Es el único cañón recuperado en aguas canarias que ha sobrevivido en óptimas condiciones a su rescate. Se ha podido comprobar que se trata de una pequeña pieza de hierro de avancarga del calibre de a 4, que pesa sobre 260 kilos y mide 141 cm. de largo, la cual carece de marcas que permitan conocer su origen exacto.
El ilustrado canario Lope Antonio de la Guerra describe en Memorias un incidente ocurrido en aguas del norte de Tenerife el 27 de agosto de 1780, que podría explicar su origen:
“Se acercó una embarcación inglesa a las inmediaciones de Tejina siguiendo una embarcación americana, que se vio obligada a varar por aquellas playas, y de todos los lugares circunvezinos ocurrieron a la defensa con toda prontitud, de modo que la libertaron del corsario que dirigió a tierra varias descargas; libertose también la carga”.
Un episodio que debemos contextualizar en la Guerra de Independencia de Estados Unidos (1775-1783) que enfrentó a Gran Bretaña con los colonos norteamericanos. España y Francia se unen a la guerra en abril de 1779 y no tardan en llegar corsarios ingleses a Canarias en busca de presas, una molesta presencia que alcanza su punto culminante en septiembre de 1780, cuando se habla de tres barcos enemigos surcando las aguas tinerfeñasii.
Uno de esos corsarios protagonizó la persecución del navío americano que describe Lope, cuyos detalles iniciales son mencionados en una carta del 28 de agosto de 1779 que Diego Fernández Calderín, coronel de la compañía de milicias de Tegueste dirige al Conde de Siete Fuentes, coronel del regimiento de milicias de La Laguna:
“Ayer [27 de agosto] avisté de mi Hacienda de San Luís [Tegueste] una goletilla que tuve (como lo es) por americana, a la que hoy hasta las diez quedó a mi vista, sin otra embarcación que se descubriera, y a cosa de las dos de la tarde, se oyeron muchos cañonazos, pero fuera de mi vista, y en la misma ora me puse en camino para la playa de San Juan, en donde varó dicha goleta, seguida de una fragata de 20 a 22 cañones”.
El corsario inglés no estaba dispuesto a dejar escapar la presa fácilmente, como pudo comprobar en carne propia el coronel Calderín:
“[la fragata] que llegando yo al riego de Tegiiv, siguiendo a fuera, volvió de bordo y observé por el anteojo que cargaba toda la artillería, y previniendo lo que sucedió, que era con la metralla ahuyentar la gente para con sus lanchas sacar dicha goleta o carga, como con efecto luego comenzó su descarga de una y otra banda, por lo que allí detuve la gente que venía conmigo puesta a tierra por estar en el mayor peligro hasta que se acabaron la descarga, que seguí el camino, habiendo sufrido a mi lado todas las balas de que remito una para que vaya a Su Excelencia [el Comandante General].
Hasta las cinco de la tarde no llega Calderín a la playa de San Juan, donde se encontró con las milicias de Tejina mandadas por el capitán Tomás Suárez. El capitán Suárez también había oído los cañonazos y tras reunir algunos milicianos “sin ningunas municiones, y solo con cuatro palos y fusiles descargados” se dirigieron a la playa, llegando pasadas las cuatro de la tarde.
Como oficial de mayor rango, Calderín asume el mando de toda la tropa y decide acampar para evitar que la fragata enemiga que “ahora queda a dos leguas de la playa de San Juan (…) por la noche pueda echar sus lanchas” y sacar el barco varado. Envía al capitán Suárez a Tejina para que solicite por escrito al coronel Juan de Castro del regimiento de La Laguna el envío urgente de pólvora y municiones para sus mal armados milicianos. Esta carta deja ver cuál era la situación en la playa en la tarde del día 28:
“La embarcación que tengo referida, está por aquí dando casa y fuego a la que está encallada en el arenal en la Punta. Avísolo a Vuestra Señoría para que determine prevención de pólvora y bala porque ha dado dos embestidas a sacar dicho barco encallado. El coronel Don Diego Calderín queda abajo con toda la gente”.
Los milicianos de Valle Guerra también se movilizaron ese día bajo las órdenes del sargento Andrés Gastón. Gastón no supo de donde venían los cañonazos y creyó que los ingleses habían desembarcado en la costa, una noticia que comunica a Andrés de Torres, capitán de la compañía de Tacoronte. Éste sale hacia Tejina a las dos de la tarde con toda la gente que pudo reunir, no sin antes escribir al Marqués de la Cañada, Comandante General de Canarias, informándole del supuesto desembarco y pidiendo que pusiera la isla en estado de defensa, y también escribe al coronel Juan de Castro del regimiento de La Laguna para que enviara cartuchos y pólvora, recibiendo en Tejina “trescientos cartuchos con bala, mil sin ellos y cien piedras de chispas para surtir a la gente que ocurriese a impedir cualquier desembarco”.
A las cuatro de la tarde llega Torres a Valle Guerra, desde donde pudo informar al Comandante General sobre la verdadera naturaleza del incidente:
“A horas de las cuatro de la tarde he llegado con estas compañías al Valle de Guerra, en donde hallamos ser falso que los ingleses hayan saltado en tierra. Solo un paquebote ha dado casa a un barco, creo lo habrá echo varar bien que ha tirado 60 cañonazos. Ahora se hace afuera”.
Sin enemigos a la vista, los milicianos de Tacoronte ralentizaron su marcha y no llegan a la playa hasta el anochecer. Con las primeras luces del día 29, Torres vuelve a escribir al Comandante General informándole de la pérdida de la embarcación americana y de las disposiciones adoptadas desde su última comunicación:
“Muy señor mío. Anoche [del 28 de agosto] llegamos al callado de la Punta donde varó la embarcación, la que con la creciente del mar largó la quilla i tablas de un costado. Su cargamento está muy averiado por la mucha agua que le entró”.
El corsario se mantenía con poca vela no mui retirado y con este motivo hice noche con la Jente en aquella playa y permanecí en dicho paraje hasta las 7 de este día y visto ya que la embarcación no se veía y que el coronel Don Diego Calderín y don Tomas Suarez con la gente de Tejina y Tegueste estaban en aquel paraje nos retiramos porque mi gente estaba sin comer y yo también y por considerar no ser preciso”.
Con el barco americano perdido y sin rastro del corsario inglés, se ordenó a las milicias de Tegueste y Tacoronte que volvieran a sus respectivos pueblos, manteniéndose únicamente las de Tejina para vigilar lo que se salvase de la carga, a la espera de que llegara un representante de su legítimo propietario, el comerciante portuense Diego Barry. Así lo expone el coronel Juan de Castro en carta al Comandante General el día 30 de agosto:
“Anoche [del 29 de agosto] a las ocho quedó asegurada en tierra hasta la última pieza de la carga de la goleta naufragada; bien que todo el tabaco mojado por ser barriles grandes y haberse abierto [ilegible] al capitán Tomás Suárez de Tejina que se mantengan las guardas que están puestas hasta que se verifique el embarque de dicha carga y de que sean de su mayor satisfacción (como que los conoce a todos) con el motivo de haberse ya restituido a su hacienda el coronel Don Diego Calderín y me parecía que a estos milicianos se les de alguna gratificación por el dueño de dicha goleta, teniéndolo Vuestra Excelencia por justo. Hoy [30 de agosto] llegó allí del Puerto de la Orotava un encargado de don Diego Barry para el cuidado de los efectos”.
Una goleta del comercio entre Canarias y EE.UU.
El cañón rescatado en el año 2015 constituye un precioso testimonio de la importancia que llegó a tener el comercio directo entre las islas Canarias y los grandes puertos de la costa este de Norteamérica, fundamentado principalmente en la exportación de vino canario y la importación de cereales, madera de roble para barriles y tabaco.
Aunque sus inicios se remontan al siglo XVII, su verdadero auge vendrá a partir de la década de 1730 con la exportación de los llamados “falsos Madeiras”, que mezclan el vidueño local con tinto y aguardiente mallorquín para darle una textura similar al vino de la isla portuguesa, aunque a un precio significativamente menor al original, lo que atrae a los comerciantes y consumidores norteamericanos.
Santa Cruz de Tenerife y el Puerto de la Cruz canalizan unos tratos que conectan las islas con Boston, Charleston, Nueva York, Filadelfia o Baltimore, un comercio que se verá perturbado con la entrada de España en la Guerra de Independencia de Estados Unidos (1775-1783), pero que se recupera con fuerza al volver la paz, alcanzando su máximo esplendor a finales del siglo XVIII.
Este comercio no hubiera sido posible sin goletas como la desaparecida en la Punta del Hidalgo, verdadera columna vertebral del comercio marítimo norteamericano en el siglo XVIII. Eran barcos de poco tonelaje y pequeñas dimensiones dotados de dos largos mástiles con enormes velas que les daban una gran velocidad y reducía el número de tripulantes para su manejo.
Los mercantes iban armados con unos pocos cañones de borda y otros de pequeño calibre de entre 3 y 9 libras, conocidos genéricamente como insurance cannons al ser una exigencia de las compañías de seguros de la época para asegurar los barcos.
*Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de La Laguna

