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Ciudadelas

Ayer escuché a una de las acampadas “independientes” de la Puerta del Sol reconocer que meaba en una bañadera y luego vertía el fluido en una rejilla, que ella creía que era una alcantarilla, pero que en realidad era la ventilación del metro. Y, claro, la repetición del desagüe amarillo ha obligado a cerrar la estación de Sol, la más concurrida del suburbano madrileño. A mí, la acampada, plim, pero la jediondada que se está produciendo en la zona va a ser difícil de borrar, cuando levanten el abominable campamento, que ya no tiene sentido, si es que alguna vez lo tuvo. Me cuentan que el olor es insoportable, lo que alimentará el ánimo de los poco aseados habitantes de la ciudadela, acostumbrados al pestazo. Porque ya se sabe a lo que huelen las ciudadelas. En el Puerto de la Cruz de mi niñez había dos, una era la de la calle de Mequinez y la otra la del Convoy, en la calle San Felipe, cerca del campo de fútbol del Peñón. Habitaban en ellas gentes muy humildes que no disponían de vivienda propia y sus caseros alquilaban espacios a esa pobre gente, algunos de ellos limitados por telas de saco. Tengo el olor pegado en la nariz, de cuando pasaba por allí. Olía aquello a agua reutilizada, porque creo que no disponían de agua corriente e iban a los chorros públicos a abastecerse. Era gente muy limpia. En Sol no hay chorros, que se sepa, o sea que aquello debe ser la leche. Dentro de poco comenzarán a aparecer casos de enfermedades que rebrotan en las concentraciones sin higiene. Como en Ceuta, en donde se han detectado meningitis, difteria y tuberculosis. Nada más y nada menos. ¿Qué pasará si aparece un caso de ébola? Han querido resucitar la España negra, que se repite de vez en cuando, justamente cuando la convocan. No tenemos remedio, aunque en Sol lo que sí tienen es una sucia fuente, convertida en piscina. Genial.

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