tribuna

El Charco de La Arena

En la lámina de agua del Charco de La Arena, en Punta del Hidalgo, en el término municipal de San Cristóbal de La Laguna, se refleja una construcción inequívoca sobre pilares que la hace única. Pieza delicada de escala reducida, integrada en el paisaje donde se posa desde su concepción en 1964, tiene un indudable interés arquitectónico. Se trata de una obra del arquitecto Félix Sáenz Marrero (1916-1998) y del Ingeniero de Caminos Pedro de Arce y Rueda. Ambos proyectarían esta construcción tras la concesión administrativa prorrogable, y, en consecuencia, concebida para no ser efímera. La concesión del Estado ya la reconocía como una obra de interés público por su contribución al desarrollo turístico de la zona. Su innegable valor paisajístico, arraigado con el paso de los años, le hace merecedora de la máxima protección, por lo que su desaparición provocaría un grave daño al patrimonio histórico arquitectónico de Tenerife.
Sáenz Marrero fue colaborador del estudio de arquitectura de su tío, José Enrique Marrero Regalado (1897-1956), quien proyectó numerosas obras de reconocido prestigio en la Isla. Sáenz Marrero es el arquitecto del Hotel Médano, incluido en el Catálogo de Patrimonio Arquitectónico de Granadilla de Abona, por su valor paisajístico, y es símbolo del municipio de la Costa de El Médano, formando parte del acervo cultural. Sáenz Marrero trajo a la isla a César Manrique, con quien coincidió siendo niños en los veranos de Famara. Años más tarde, sería Marrero Regalado quien le encargaría a Manrique sus primeros murales para el interior del Parador de Turismo de Arrecife.
El Charco de La Arena se reproduce, en el Libro Charcos, del prestigioso fotógrafo Jordi Bernadó, editado por el COAC en 2001; en la Colección de Fotografías sobre el Paisaje Insular del Hotel Mencey; con fotografías de Poldo Cebrián en las paredes de una de las entradas a la Isla de Tenerife, el Aeropuerto Tenerife-Norte Ciudad de La Laguna, obra que formó parte de la Exposición On Site, del MOMA de Nueva York, en el año 2006.
Su restaurante, en el que trabajan hasta seis personas, aspecto que se debe tener muy en cuenta en la hipotética desaparición, como balcón al mar, se abre al público para hacer una parada donde recuperar fuerzas tras una intensa caminata por la Cordillera del Parque Rural de Anaga o tras un paseo por el Sendero Azul, que se corresponde con el Camino de San Juanito o de la Costa, donde puedes permitirte la experiencia de un avistamiento de aves. Desde ese balcón se contemplan las siempre distintas puestas de sol, el Teide, el Roque Dos Hermanos, los Roques de Anaga y el Faro, que obtuvo, en la categoría de arquitectura, el Premio Internacional de Fotografía Sony World Photography Awards 2024.
El cangrejo rojo, especie hoy de nuevo abundante en el Charco y su entorno, quedó inmortalizado en el logo que cuelga del balcón en chapa pintada, diseñado por Jose Félix Sáenz-Marrero (1949-2024), arquitecto e hijo de Félix Sáenz Marrero.
Viene a la memoria nuestro querido Premio Canarias de Literatura 2003, Arturo Maccanti (1934-2014), a quien dejé de ver en este balcón al mar, y que como amigo que fue, me voy a permitir cambiarle uno de sus versos, con el mismo sentido, de aquel poema titulado Mar, dedicado a Pizca y Jorge Rodríguez Padrón, de su libro Viajero Insomne, 1997-1998: “Se rompe / el mar / contra / la isla. / Contra / la isla / la especie / más”.
Al final…, tu huella en la arena, la borrará el agua, ni verá tus pilares el laberinto de espejo de salinas de Agustín Espinosa, para recordar que no pasaste por la vida ni fuiste paisaje. Y pasearás Solo como Julio Tovar por las sombras del Parque Pedro González, ya lejos del mar de tu infancia…

El Charco de La Arena con su balcón al mar como mirador único, en el hipotético caso de no conceder Costas del Estado la prórroga a esta Sociedad, la podría gestionar la administración pública. La isla cuenta con clamorosos atentados al paisaje a lo largo de todo el litoral sin embargo, la demolición del Charco dada su singularidad paisajística y arquitectónica, y arraigo en el perfil costero insular, respondería, más allá de una decisión jurídica-administrativa, a una inexplicable decisión. Considerando que su destino ha de ser de exclusivo uso público, el hecho de demoler es, en sí,una acción opuesta a los conceptos contemporáneos de sostenibilidad más elementales. La opinión contraria a la demolición, la rehabilitación (`el rehacer como pauta de recuperación y acción territorial ineludible´) procuraría una oferta esencial de servicios públicos inexistentes en la actualidad en el ámbito que nos ocupa, con centralización inexcusable de aseos, vestidores, terrazas para descanso de paseantes y bañistas – mirador/bar/restaurante, áreas de baño seguras – vigilancia/primeros auxilios, puestos de trabajo, etc, etc. Y ello viable a muy corto plazo y con una mínima inversión presupuestaria. La demolición no haría sino dañar de forma irreparable al patrimonio histórico de Tenerife y al paisaje litoral de La Punta del Hidalgo, y no dejaría de entenderse, desde la enfatización del espacio público y común, como una torpeza más.

*Expresidente de la Sección de Arte del Ateneo de La Laguna.

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