Parece que a Donald Trump le ha abandonado la baraka. A los hechos me remito. Su candidato a presidente de Brasil, Flavio Bolsonaro, perdió el domingo frente al luchador Lula da Silva y anda en fuga por los EE.UU., lo mismo que hizo en 2022 su padre cuando también pinchó frente a Lula. Su más que íntimo amigo Netanyahu sacó anteayer más votos, pero menos que los demás juntos y, oh, paradoja, será una formación árabe la que decida quién va a gobernar en Israel… mientras Bibi piensa como conseguir un indulto para sus cuentas pendientes con la Justicia. Sería probablemente injurioso decir que antes de Trump EE.UU. respetaba los procesos políticos de terceros países, pero nunca fue tan descarado. En su país poco o nada puede él esperar de las elecciones de mitad de mandato del próximo martes para renovar la Cámara de Representantes y un tercio del Senado.
Una vez más, convocados por los tambores de guerra, Netanyahu y Trump han convertido el propósito de liquidar el régimen de Teherán en un reclamo electoral. El primer ministro de Israel lo incorporó como gran apuesta para el final de su campaña y el presidente de EE.UU. acudió, como en la guerra de Ucrania, en socorro del agresor, pero parece que ha pospuesto la nueva oleada de ataques para después del próximo martes. La injerencia en Brasil viene también de lejos. Ha intentado, sin conseguirlo hasta ahora, primero que no juzgaran a su amigo Jair Bolsonaro (el padre del candidato ahora derrotado) por el intento de golpe de Estado, después que le indultasen y, de paso, hacerse con el control de Brasil y su inmensa riqueza y torpedear la relación del gobierno de Brasilia con China, la UE y Rusia.
Se ha empleado a fondo en apoyo de los aspirantes republicanos al Congreso y al Senado y ha extendido su larga mano hasta los procesos electorales de Israel y Brasil para tratar de incrementar sus negocios con una nueva Riviera sobre los cadáveres de 70.000 palestinos masacrados en Gaza por Netanyahu y para ensanchar con Brasil el patio trasero de su imperio. Trump no es candidato en EE.UU. y tampoco, obviamente, en Israel ni en Brasil, pero está en todas las urnas. No han ganado porque ha habido pucherazo (sic). Palabra de Trump, Bolsonaro y Netanyahu.
Como los sondeos dan por hecho que el partido Demócrata ganará la mayoría en el Congreso y puede que también el Senado, a pesar de la desvergonzada oferta de Trump de comprar votos con dinero público, podemos asistir a un escenario que le saca de quicio, aparecer como perdedor, un loser (en el Capitolio, Brasil y puede que también en Israel), que es lo peor que se puede decir de alguien como él, que se pavonea de humillar a los perdedores. ¿Se imaginan?, “Trump, a triple loser”. Un panorama preocupante porque no es un presidente normal y tampoco será normal su salida de la Casa Blanca. Es inenarrable el repertorio de trampas y marrullerías que está tratando de hacer para retener el poder y no sorprendería que quiera impugnar o anular las elecciones si el resultado no le gusta y hasta pudiera pretender un tercer mandato, atropellando la Constitución.
Al presidente de EE.UU. le queda aún medio mandato. Si, como se espera, pierde la mayoría en las dos Cámaras no es descartable que tenga que afrontar un proceso de impeachment (destitución). Pero Trump no será un pato cojo convencional, sino algo más parecido a un búfalo cafre, el animal herido más peligroso de la Tierra, según los expertos. Y si es desalojado del poder Netanyahu (al que la historia recordará por el ensañamiento en el genocidio de Gaza), será, por seguir con la fauna silvestre, como un lobo desesperado que muerde cuando está herido o le falta la comida, en su caso, cuando no tenga el auxilio de EE.UU.. Además de sus cuitas con la Justicia de Israel por corrupción, está reclamado por el Tribunal Penal Internacional por crímenes de guerra y crímenes contra la Humanidad. Y, entretanto, Bolsonaro perseguido por blanqueo de capitales.
EE.UU. cuenta con resortes y capacidad institucional para rehacerse del estropicio trumpiano. En Israel, por el contrario, el relevo de Netanyahu, cuando sea, no acarreará cambios importantes en las paredes maestras de la estrategia de Tel Aviv porque la política general será continuista respecto a los palestinos y de tensa relación con los países vecinos.
