Mi profesión me ha llevado a cantar en los grandes altares de la ópera. Quién se lo iba a decir a aquel muchacho lagunero del Polígono Padre Anchieta.
La música me ha dado una vida que entonces apenas podía imaginar; la profesión, en estos primeros veintitrés años de carrera, me ha llevado a reflexionar sobre qué hace falta para sostener el trabajo que uno ama y la vida que tiene fuera de él.
De esa pregunta nace esta columna. Quiero escribir sobre el factor humano en el trabajo: lo que nos exige el oficio, lo que ponen o quitan las condiciones en que lo hacemos y con qué contamos para responder. También sobre lo que nos llevó a elegirlo y qué queda de aquello con los años. Son cuestiones que afectan a quien trabaja y a quien tiene la responsabilidad de organizar ese trabajo.
Para explicar por qué empecé a hacérmelas, tengo que volver a una tarde en Roma.
Fue en casa. Me iba otra vez: la maleta abierta sobre la cama, a medio hacer, y el taxi pedido. Papá se va, papá vuelve, papá se vuelve a ir. Era una coreografía tan ensayada que ya nadie la comentaba, hasta que aquella tarde mis hijos, desde el pasillo, me preguntaron por qué me iba otra vez.
Me agaché a su altura y les dije lo que decimos los padres para poder cerrar la maleta: que trabajaba para que no les faltara nada. La ropa, las botas de fútbol, el balón, sus juguetes. Me escucharon con esa seriedad que tienen los niños cuando los adultos creemos haberlo explicado todo. Luego me cogieron de la mano, uno a cada lado, y me llevaron a su cuarto.
Habían estado trabajando. En el centro de su habitación, como un altar, estaba todo lo que tenían: los coches, los dinosaurios, las piezas sueltas del Lego, el osito al que le falta un ojo, la pelota desinflada.
—Mira, papá. Cuántos tenemos. No necesitamos más. Quédate.
Me lo dijeron en italiano. En Canarias se aprende pronto que para ciertos futuros hay que cruzar el océano. Yo lo crucé joven, y aquella tarde dos niños me pedían en otra lengua que me quedara. Cuando después quise contárselo a su madre, no pude terminar la frase.
Me habían escuchado. Habían cogido mi argumento y lo habían desmontado con el inventario delante: si el viaje era el precio de los juguetes, sobraban los juguetes. Tardé más en entender aquel cuarto que en aprender cualquier papel de mi carrera.
Quédate
La cuenta venía de antes: los cumpleaños celebrados con una llamada desde un camerino con el horario de otro país, las funciones del colegio con una butaca que se quedaba vacía. Después de aquel cuarto, la culpa, puntual como ningún contrato, se sentó a mi lado en cada avión, y el oficio que yo amaba pasó a ser el acusado.
Daba dos funciones cada noche. Una sobre el escenario, y de esa se ocupaba todo el mundo. La otra iba por dentro, y de esa no se ocupaba nadie. Tampoco yo.
Dejar de cantar no se planteó: la música es mi vida y la de mi casa. Pero un teatro puede encontrar otro tenor, y mis hijos no tienen otro padre. Algo tenía que cambiar. Me costó distinguir cuánto de aquello venía de cantar y cuánto de la vida que llevaba para poder hacerlo.
Busqué quién enseñaba a sostener esa segunda función y encontré libros que prometían demasiado y cursos que trataban el estrés como si fuera igual en todas partes y en todas las personas. Hice lo único que sé hacer con lo difícil: estudiarlo como se estudia una partitura, escarbando. Años.
Escarbando me llevé algunas sorpresas. Una fue descubrir que la ópera ya sabía mucho de esto: llevamos siglos aprendiendo a sostenernos delante de la gente, con el miedo dentro y sin segunda toma. Otra, que esa función de dentro también estaba en otros oficios.
La enfermera o el médico al final de la guardia, el camarero en pleno agosto, el juez, el piloto, el panadero… Por cuenta propia o ajena, todos pueden seguir haciendo bien lo suyo.
El paciente está atendido, la mesa servida, el juicio se celebra, el avión llega a su destino, el pan sale del horno. Vemos el resultado, pero ese resultado no nos cuenta todo lo que ha hecho falta para conseguirlo, ni si será posible sostenerlo mañana.
Yo había seguido cantando. Por eso empecé a desconfiar de la idea de que, mientras el trabajo salga, todo marcha bien.
A eso me dedico, además de cantar: a buscar la manera de mirar esa segunda función sin señalar a nadie, y de que quien la da tenga con qué sostenerla.
Recetas no traigo. Habrá cosas que podamos aprender y otras que necesiten cambiar en la manera de organizar el trabajo. Me interesa que podamos distinguirlas, porque pedirle a alguien que gestione mejor lo que siente no resuelve por sí solo aquello que se lo provoca.
Mis hijos han crecido y la maleta sigue sin guardarse del todo. Aquel otro altar se deshizo pronto, como se deshacen los juegos, pero yo no he dejado de verlo. Me enseñaron el verbo en tres lenguas.
Stay. Rimani. Quédate.





