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Ceuta, otra vez

Cuando escribí el libro Ceuta, nuestro paraíso, para dar a conocer el Parque Marítimo del Mediterráneo que César diseñó con los ingenieros Amigó y Olcina, viajé a la ciudad española para conocerla. Me pareció una urbe inquietante, rica, con una muralla bellísima y unos habitantes amables y despreocupados, porque se sentían bien defendidos. Ahora Ceuta es una ciudad invadida, en la que las mujeres no se atreven a salir solas a la calle y donde algunos delincuentes invasores se han disfrazado en Halloween para delinquir. Yo no sé lo que se pretende con Ceuta, pero es fundamental e importantísimo para España conservar toda su unidad territorial. Los síntomas de debilidad no hacen sino complicar las cosas. Por la vía que sea, Ceuta debe seguir siendo de los ceutíes. Recuerdo que me alojé en el Parador Nacional, que tenía una gastronomía excelente, como toda la Red de Paradores, y que era cómodo y acogedor. El parque marítimo que diseñó César es muy hermoso, aunque no sé cómo lo habrán conservado, y allí se reunía la elite de la ciudad, entre la magia del genio de Lanzarote, que me parece que no pudo ver culminada su obra. Ceuta es una ciudad con estilo español, sus edificios públicos son como los de Tenerife o Cádiz, es decir siguen el mismo patrón. No notas para nada que estás en África, a no ser que te internes en algunos barrios, como el del Príncipe, en donde a veces sucede alguna reyerta, pero no demasiadas a pesar de la serie de televisión. Por lo que leo, se han cargado Ceuta. Los ceutíes podían ir a su monte libremente y visitar, igual de confiados, sus 20 kilómetros cuadrados de territorio. ¿Es normal lo que ocurre ahora? No, se trata de una falta de respeto a 85.000 españoles que vivían tranquilos y en paz. Arreglen eso, por Dios. No los abandonen.

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