Con la pesadumbre instalada en mis dedos, y sin mucho ánimo en la concreción de las palabras, hoy me dispongo a enlazar algunas letras, con el único ánimo de volver a reflexionar sobre cómo la realidad, en ocasiones, socava de forma terrible cualquier enaltecimiento sensacionalista y sentimental que produce el deporte de masas.
“La realidad, en ocasiones, socava de forma terrible cualquier enaltecimiento sensacionalista y sentimental que produce el deporte de masas”
Hace algunos años, con aquel episodio de Christian Eriksen en la EURO de 2021, reflexioné sobre la necesidad de pisar firme ante las certezas de la vida, y de humanizar a aquellos a los que muchos observan con ojos idealizados, ante episodios que nos revelan a gritos que no son más que personas, con las mismas posibilidades fatídicas que cualquier ser humano.
Hoy, lamentamos de forma profunda, y muy cercana, la terrible pérdida de Jesús De Miguel, no sabiendo muy bien aún cómo un choque, por muy fuerte que sea, dentro de un campo de fútbol, ha terminado arrebatando una vida.
No sé si habrá algún precedente de un hecho así, posiblemente cueste mucho encontrarlo, pero ha ocurrido, y nos vuelve a poner a todos en la tesitura de sabernos vulnerables, frágiles, terrenales.
“El extremo linchamiento a Jesús Owono no mitigará la pérdida de De Miguel, ni satisfará ningún sentimiento de justicia. Bastante pesará sobre la conciencia de una persona, la actuación directa que implica el despojo de una vida humana”
No creo que sea el momento de que la rabia que produce el desenlace, saque de nosotros lo peor para escupir la culpa hacia algún ente o dirección; el extremo linchamiento a Jesús Owono no mitigará la pérdida de De Miguel, ni satisfará ningún sentimiento de justicia. Bastante pesará, probablemente por siempre, sobre la conciencia de una persona, la actuación directa que implica el despojo de una vida humana.
La acción en sí es torpe, imprudente y de una dureza excesiva. Pero lo cierto es que, como todo en la vida, la fortuna, o la falta de ella, hace que los hechos concatenen características y variables, en las que centímetros, velocidad, tiempo, etc..; se alinean, en este caso, para desenlazarlo con un funesto final.
Lo que sí creo que debe instalar esta acción, y sus consecuencias, es una concienciación profunda en el deportista, de que existe un continuo riesgo, en cualquiera de sus acciones, de que un desenlace como este entre dentro de la probabilidad. Como este, o como cualquier otro que implique una lesión de gravedad, o una alteración de la salud del oponente, a veces incluso del compañero.
“De nuevo, el marco mediático que supone el fútbol, nos ha puesto de frente ante la fragilidad de la vida, para hacernos entender que no existen superioridades sociales que mitiguen la indefensión a la que está sometido nuestro aliento”
La responsabilidad del deportista en estos contextos debe ser absoluta. Estamos acostumbrados, todas las semanas, a observar cómo se cometen entradas imprudentes en pro de la competencia extrema que propicia el deporte de alto nivel, y muchas veces eso se traduce al deporte de base, al aficionado, o al de calle.
Esa instalación de normalidad ante acciones insensatas y temerarias que ven los niños en una pantalla que magnifica exponencialmente todo, es una irresponsabilidad mayúscula que debemos aplacar, y es igual de irresponsable que la reflexión deba llegar ante una fatalidad de esta magnitud.
Otra reflexión de calado es la que deben interiorizar los estamentos deportivos frente a las actuaciones y requerimientos a los clubes en materia de atención sanitaria. No se me ocurrirá a mí poner en duda la actuación de los servicio médicos, ni a los cuerpos y servicios de atención existentes en los terrenos de juego, pero si me gustaría meditar sobre la suficiencia de los procedimientos, protocolos y conocimiento de ellos por parte de los responsables.
“Lo que sí creo que debe instalar esta acción, y sus consecuencias, es una concienciación profunda en el deportista, de que existe un continuo riesgo, en cualquiera de sus acciones”
Yo, que estoy acostumbrado a tratar con el exceso de confianza en el trabajo de riesgo que desarrollo, sé de buena manera la falta de conciencia de que una situación extrema como esta se pueda dar. Creemos que jamás pasará, y por ende jamás la presentamos en la ecuación.
Eso contribuye a que cuando se presenta, no estemos preparados para la terrible situación de nerviosismo que produce, la incapacidad que nos puede generar para llevar a cabo las correctas acciones que precisa, e incluso gestionar la improvisación que se da en todas y cada una de ellas, fruto de esa presión implícita que inunda la extrema gravedad del contexto.
Los estamentos, clubes y federaciones deben asumir con firmeza la posibilidad de que estas acciones se presenten, e instalar todos los medios posibles, en materia de protección, prevención, preparación y conocimientos técnicos a todos y cada uno de los individuos del personal encargado. La reflexión sobre esto creo que, por desgracia en un día como hoy, también debe ser profunda.
De nuevo, lamentablemente, el marco mediático que supone el fútbol, nos ha puesto de frente ante la fragilidad de la vida, para enfrentarnos a la importancia de comprender que la humanidad nos sitúa a todos ante la misma naturaleza, que no existen superioridades sociales que mitiguen la indefensión a la que está sometido nuestro aliento.
“Los estamentos, clubes y federaciones deben asumir con firmeza la posibilidad de que estas acciones se presenten, e instalar todos los medios posibles para que una desgracia así deba ser salvable, y no vuelva a ocurrir”
Hoy, quizás, es un día tremendamente difícil para entablar y profundizar en esta reflexión; pero considero de vital importancia que esta equiparación terrenal frente a la vida, sea, algún día, suficientemente reconocida para humanizarnos, y dejar de soslayar la irresponsabilidad con la que nos miramos y juzgamos entre todos.
*Exportero semiprofesional, y técnico deportivo
