En el Leal de La Laguna, la gala de los Premios Taburiente fue una bocanada de esperanza. Al recibir la estatuilla a la trayectoria periodística, hilvané unas palabras que dan forma a esta columna.
Gracias a la Fundación DIARIO DE AVISOS y a su presidente, admirado Lucas Fernández. Vivimos días de dolor por las vidas truncadas a las que rendimos homenaje.
Los Taburiente cumplen once ediciones con once laureados, que es un número maestro, y, tras 136 años, DIARIO DE AVISOS logra las metas más altas. Esta gala, por definición, refleja el espíritu de nuestro tiempo, desde Zelenski en el umbral de la invasión y los niños del genocidio hasta los cayucos.
Me pregunto qué méritos concurren en un periodista que recoge velas.
Sesenta años atrás, en el seno de una familia sin recursos, mi hermano Martín y yo tomamos una decisión descabellada, la de ser periodistas. El destino parecía estar en desacuerdo, por las facilidades que nos dio para entrar en la Caja de Ahorros, como quitándonos de la cabeza aquella idea romántica de una vocación menesterosa. Dado que los niños solían trabajar muy pronto por necesidad, el abogado Manuel García Padrón, mi segundo padre, me aceptó en su despacho a los 12 años, y me dio el aviso de la plaza en la Caja como un decreto: “No lo dudes”.
Tanto cambió nuestra suerte en la Caja, que allí nos sacamos la lotería de Navidad. Pero, en medio del confort, un día testarudo dejamos el trabajo que nos sacó de pobres para dedicarnos de lleno al periodismo. Así que este premio solo tiene sentido en nombre de los dos, de nuestro alter ego Carmelo Martín.
La revista Triunfo de Ezcurra nos acogió como hijos adoptivos, dos adolescentes, casi dos mascotas, entre Haro Tecglen, Márquez Reviriego, Vázquez Montalbán… Y todo comenzó en la cuna de La Tarde con don Víctor Zurita recibiéndonos con nuestros artículos bebé, en la atrevida infancia, y guardándolos en una caja de zapatos, que yo interpreté, al girar la cabeza, como un benévolo no. Pero el bueno de don Víctor publicó nuestras primeras colaboraciones y así nació el Grupo Martín, Carmelo, Zenaido.
Bastaba cruzar la calle, la misma calle Suárez Guerra, que otra puerta nos esperaba, la fraternal Radio Club, de la Cadena SER. En los años 70… Cuando éramos felices y no lo sabíamos. Un tío nuestro, librero, nos decía: “¡Vayan al teatro, aunque se duerman!”. Esa es otra vocación de por vida: la cultura. Francisco Martínez del Rosario, el librero, tiene la culpa.
Los libros, miles de artículos, reportajes y entrevistas… dan fe de lo que yo llamo escrivivir, pasar la vida escribiendo. En el Diario de Barcelona, en El País…, en DIARIO DE AVISOS, mi casa. En La Gaceta y los demás rotativos locales.
Martín, un día, se marchó cuando le llegó la hora, siendo joven todavía, como nuestra amiga Dulce Xerach. Como si se hubieran puesto de acuerdo. Él, que se amistó con las ballenas y las artes, me metió el gusanillo de la música popular, en las ondas de Carlos Tena, y aprendimos a cantar en catalán “al vent, la cara al vent…, al vent del món”. Ahora, acabo de celebrar con Chico Buarque el triunfo de Lula.
¿Qué nos hace verdaderamente humanos? Vivamos con civismo en nuestra burbuja social, el invento de Jacinda Ardern, hasta que pase la noche oscura del mundo, con su caos, sus tensiones geopolíticas, guerras híbridas, IAs y barbaries. Y el mal de la maldad decline.
Al escribir El libro del confinamiento: la enfermedad del mundo, en la pandemia, supe de Tedros Adhanom, premio Taburiente, y ahora le he estrechado la mano. A Borrell, que vuelve a Tenerife por la misma razón, lo recuerdo en Los Rodeos en 1989, viniendo a pacificar la guerra del descreste arancelario de Olarte, con las guerras de verdad que le esperaban como jefe de la diplomacia europea.
Estos tiempos de violencia sistémica son desalentadores si tienes un hijo adolescente (que hoy me acompaña con su madre y mis hermanas y amistades) y no tienes nada mejor que ofrecer a una generación hackeada desde el exterior con tal de desestabilizar Europa.
El periodista no es un pájaro de mal agüero, es portador de la verdad y la esperanza en un mundo patas arriba, como decía Galeano, donde existen los sueños. Dos estadistas que conocimos bien soñaban. En 1998, Fidel, en La Habana, nos contó que había soñado con un mundo con un solo gobierno, presidido por Bill Clinton. En el 92, Gorbachov nos dijo que soñaba con un mundo en una paz perpetua.
Gorbachov era un soñador. Fidel tuvo un sueño. Y Trump ha soñado en vano con el Premio Nobel de la Paz. Que no lo haya conseguido prueba que el mundo todavía está cuerdo. Y que hay esperanza de que hay esperanza en un mundo en guerra como el actual.
