Un equipo internacional de arqueólogos de la Universidad La Sapienza de Roma trabaja desde 2022 bajo el pavimento del templo, tras un acuerdo histórico entre las confesiones cristianas que lo administran. Su objetivo inicial era acompañar las obras de renovación del suelo del siglo XIX, pero muy pronto los investigadores vieron la oportunidad de estudiar en profundidad uno de los lugares más sensibles del cristianismo. Bajo la superficie moderna apareció una antigua cantera de la Edad del Hierro, reutilizada en época de Jesús como zona de enterramientos.
Según explican los arqueólogos, en tiempos de Jesús ese espacio funcionaba como un área funeraria con varias tumbas excavadas en la roca. No era el único cementerio de Jerusalén, pero las fuentes antiguas señalan que los primeros cristianos identificaron precisamente ese entorno como el lugar del Calvario y del sepulcro en el que fue colocado el cuerpo de Jesús tras la crucifixión. Siglos más tarde, el emperador Constantino ordenó levantar allí la primera iglesia del Santo Sepulcro, un edificio que sería destruido y reconstruido en numerosas ocasiones hasta su forma actual, configurada en la Edad Media.

La parte más llamativa del trabajo de estos arqueólogos no procede solo de la arquitectura o de las tumbas, sino de los restos vegetales hallados. Bajo el suelo del templo, los especialistas en arqueobotánica identificaron huellas de antiguos olivos y vides de unos 2.000 años de antigüedad. Para lograrlo, los arqueólogos y sus colaboradores analizaron sedimentos, semillas y microfragmentos que habían quedado atrapados entre pequeños muros de piedra y rellenos de tierra preparados para el cultivo.
Los responsables de la excavación explican que, entre la explotación de la cantera en la Edad del Hierro y la construcción de la iglesia cristiana, el lugar se transformó en un espacio agrícola. “Se levantaron pequeños muros y el terreno entre ellos se rellenó de tierra fértil”, señalan los arqueólogos en sus primeros informes. Esta imagen encaja sorprendentemente bien con la descripción de un “huerto” entre el Calvario y la tumba que ofrece el Evangelio de Juan, un texto que, según muchos estudiosos, fue escrito por alguien muy familiarizado con la topografía de Jerusalén del siglo I.
Qué aportan realmente los nuevos hallazgos bajo el Santo Sepulcro según los arqueólogos
Pese al entusiasmo mediático, los arqueólogos insisten en que estos descubrimientos no constituyen una “prueba definitiva” de que la tumba de Cristo esté exactamente donde se venera hoy. “La arqueología no funciona como una máquina del tiempo infalible”, recuerdan. Sin embargo, los datos excavados bajo la iglesia sí refuerzan la coherencia entre el relato evangélico y la evolución histórica de este sector de Jerusalén: cantera, área agrícola, necrópolis y, finalmente, santuario cristiano.
En las excavaciones han aparecido también monedas y fragmentos de cerámica datados aproximadamente en el siglo IV, época de Constantino, lo que ayuda a reconstruir las fases de construcción y uso del complejo religioso. Para los arqueólogos, el verdadero tesoro no es solo la posible localización de una tumba en concreto, sino la reconstrucción de la memoria de las comunidades que, durante siglos, han expresado su fe en este lugar.
“La historia de este sitio es, al mismo tiempo, la historia de Jerusalén y de la devoción a Jesús”, subrayan los investigadores.
Otra dificultad añadida para los arqueólogos ha sido el contexto religioso y político que rodea al templo. Durante décadas, las tensiones entre las diferentes iglesias responsables del Santo Sepulcro hicieron prácticamente imposible abrir nuevos sondeos. Solo el acuerdo alcanzado en 2019 permitió coordinar las obras de restauración con un proyecto científico de gran alcance, que combina geología, arqueobotánica, arqueozoología y las técnicas de documentación digital más avanzadas.
Los arqueólogos reconocen que el análisis completo de todo el material recuperado llevará años, y que será necesario contrastar cada dato con otras excavaciones realizadas en Jerusalén y sus alrededores. No obstante, los primeros resultados ya están alimentando el debate entre historiadores, teólogos y especialistas en Biblia, que ven en este proyecto una oportunidad única para revisar lo que sabemos sobre los últimos días de Jesús.
Mientras tanto, miles de peregrinos siguen visitando cada día la Iglesia del Santo Sepulcro, muchos de ellos sin saber que, bajo sus pies, varios equipos de arqueólogos trabajan en turnos para desentrañar las capas de historia acumuladas bajo el santuario. Para unos, la cuestión central será siempre de fe; para otros, una pregunta histórica. Pero todos comparten un mismo escenario: un lugar que, desde hace siglos, concentra la memoria de la pasión, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret.
Tal y como recuerdan los arqueólogos que lideran el proyecto, el valor último de estos hallazgos quizá no resida en demostrar de forma absoluta la ubicación de una tumba, sino en mostrar cómo generación tras generación ha entendido este espacio como un punto de encuentro entre la ciudad, la historia y la esperanza. Y esa historia, escrita ahora también en los informes científicos, seguirá creciendo a medida que avancen los trabajos bajo el suelo del Santo Sepulcro.