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lunes, 12 de octubre de 2026 · 14:03 · Canarias
Ciencia

Hay una anomalía sobre el Atlántico donde los satélites se apagan solos al pasar por ella

Hay una anomalía sobre el Atlántico donde el campo magnético hace justo lo contrario de lo que debería

Satélite pasando por encima de la anomalía - ESA
Sateíte pasando por la anomalía · NASA

Hay una región sobre el Atlántico Sur donde el campo magnético de la Tierra con una anomalía hace exactamente lo contrario de lo que debería. Se llama Anomalía del Atlántico Sur, se detectó por primera vez en 1958 y los satélites que la sobrevuelan se reinician solos, pierden la señal o sufren fallos electrónicos. Ahora sabemos además que está creciendo.

Los datos proceden de la constelación Swarm de la Agencia Espacial Europea, tres satélites idénticos lanzados en 2013 que han proporcionado el registro continuo más largo de mediciones del campo magnético desde el espacio. Con once años de observaciones, los científicos han comprobado que la zona donde la intensidad cae por debajo de los 26.000 nanoteslas se expandió de forma constante entre 2014 y 2025, hasta cubrir una superficie equivalente a casi la mitad de la Europa continental.

La anomalía donde el campo magnético va al revés

El hallazgo más desconcertante del estudio no es el tamaño, sino el comportamiento. Lo explica Chris Finlay, investigador de la Universidad Técnica de Dinamarca: «Normalmente, las líneas del campo magnético salen del núcleo en el hemisferio sur. Pero bajo la Anomalía del Atlántico Sur vemos zonas donde el campo, en lugar de salir, vuelve hacia el núcleo».

Recreación de la Tierra y la anomalía - ESA
Recreación de la Tierra y la anomalía – ESA

 

Esas zonas se conocen como parches de flujo inverso y no son estáticas. Gracias a Swarm, los investigadores han podido seguir una de ellas desplazándose hacia el oeste sobre África, lo que está contribuyendo a que el debilitamiento sea todavía más rápido en esa parte concreta.

Hay además un segundo frente. Desde 2020, los datos confirmaron el nacimiento de un nuevo núcleo de debilidad junto al original, lo que sugiere que la anomalía podría estar fragmentándose en dos centros distintos.

El origen sigue sin estar claro. El campo magnético terrestre lo genera el movimiento del hierro fundido en el núcleo del planeta, y los modelos dipolares habituales no consiguen explicar la evolución reciente de este segundo mínimo. La propia ESA admite que el misterio continúa abierto y que lo que está ocurriendo ahí apunta a procesos del interior de la Tierra que todavía no comprendemos bien.

Por qué esta anomalía importa aunque estemos a salvo

Conviene decirlo con claridad: a nivel de superficie, la anomalía no es motivo de alarma. Nadie en tierra está expuesto a nada por su causa. El problema está arriba.

El campo magnético funciona como un escudo que desvía las partículas cargadas procedentes del Sol. Donde ese escudo se debilita, las partículas penetran hasta altitudes mucho menores, y ahí es donde orbitan los satélites de comunicaciones, de observación terrestre y de navegación. El resultado son fallos electrónicos, reinicios espontáneos y pérdidas de señal justo al cruzar esa zona.

La Estación Espacial Internacional la atraviesa varias veces al día y sus tripulaciones conocen bien el fenómeno. Es un asunto operativo de primer orden para cualquier agencia espacial, y por eso misiones como Swarm o ICON miden el comportamiento magnético a distintas altitudes para detectar los cambios casi en tiempo real.

Los resultados se publicaron en la revista Physics of the Earth and Planetary Interiors y forman parte del modelo más reciente del campo magnético generado por el núcleo terrestre. Ese mismo modelo ha detectado otros movimientos llamativos: mientras el campo sobre Siberia se ha hecho más fuerte, el situado sobre Canadá se ha ido debilitando.

Nada de esto implica que el campo magnético vaya a desaparecer ni que estemos ante una inversión de los polos, una idea que circula mucho y que los datos actuales no respaldan. Lo que sí dicen los científicos es que el campo es bastante más complejo de lo que los modelos clásicos asumían, y que una anomalía de este tamaño creciendo durante una década obliga a replantearse parte de lo que creíamos saber sobre el interior del planeta.

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