La arena de Maspalomas no viene del Sáhara, y eso lo cambia todo
Lo que pisas en las dunas de Maspalomas fueron conchas, corales y algas
Casi todo el mundo que pisa las dunas de Maspalomas cree estar pisando un trozo del Sáhara que el viento trajo hasta Canarias. Lo repiten guías, folletos y hasta buena parte de los propios canarios. Y es falso. La arena de ese campo dunar no llegó de África: salió del mar, y buena parte de ella estuvo viva.
La composición es la que despeja cualquier duda. Se trata de arenas organógenas, es decir, formadas por restos calcáreos de fauna y flora marinas: conchas de moluscos, foraminíferos, algas calcáreas y corales triturados, a los que se suman sedimentos procedentes de la erosión de rocas volcánicas de la propia isla. Lo que se pisa al subir una duna es, literalmente, un cementerio de organismos marinos molido por el océano durante siglos.
Cómo llega esa arena hasta las Dunas de Maspalomas
El mecanismo es una cadena de tres eslabones y merece la pena seguirla, porque explica por qué las dunas están exactamente donde están. El primero es la Corriente Fría de Canarias, que circula de norte a sur de forma permanente frente al archipiélago. Al llegar al extremo sur de Gran Canaria, esa corriente se neutraliza y pierde energía, y es entonces cuando deposita las partículas que transportaba en suspensión. Por eso el campo dunar está en el sur y no en cualquier otro punto del litoral de las Dunas de Maspalomas.
El segundo eslabón son las mareas y las regresiones marinas, que dejan esos depósitos expuestos al aire. Una vez secos, entra en juego el tercero: el viento. Los alisios soplan desde la orilla de Playa del Inglés y empujan la arena tierra adentro a una velocidad de entre dos y cinco metros por año, en dirección a la playa de Maspalomas. Es un desierto en movimiento permanente, aunque nadie lo vea desplazarse.
La duna nace detrás de una planta. El balancón, Traganum moquinii, actúa como obstáculo: la arena se acumula tras él y forma un montículo que crece hasta alcanzar los 15 o 25 metros de altura y los 200 de anchura.
Por qué esto lo cambia todo en las Dunas de Maspalomas
Aquí está la consecuencia de las Dunas de Maspalomas que convierte el dato en algo más que una curiosidad. Si la arena viniera del Sáhara, la fuente sería prácticamente inagotable y estaría a unos pocos cientos de kilómetros. Pero al proceder del propio ecosistema marino de Canarias, el aporte depende de que ese ecosistema siga produciendo restos calcáreos y de que las corrientes sigan depositándolos donde siempre. Es un sistema cerrado, local y frágil. Si se corta el suministro, no hay desierto africano que lo reponga.
A eso se suma un problema añadido: el desarrollo urbanístico del entorno de las Dunas de Maspalomas ha alterado los flujos naturales de viento que mantienen el campo dunar en movimiento. Las dunas están declaradas Reserva Natural Especial desde 1994, protegidas por primera vez en 1987, y ocupan casi 404 hectáreas asentadas sobre el abanico aluvial del barranco de Fataga, lo que además determina la presencia de aguas subterráneas y explica la existencia de la charca y el oasis.
El conocimiento sobre el origen de estas arenas tiene aplicación directa. Investigadores de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria han analizado la composición y la procedencia de las arenas de 35 playas de la provincia precisamente para poder restaurarlas con material compatible cuando la erosión lo exija. Ese procedimiento ya se ha aplicado con éxito en Maspalomas y Playa del Inglés, con arena extraída de la Punta de la Bajeta.
Queda una incógnita abierta sobre su edad de las Dunas de Maspalomas. Algunos estudios sitúan el origen del campo dunar hace unos diez milenios, mientras que un equipo de la ULPGC trabaja desde hace años en la hipótesis de que el tsunami generado por el terremoto de Lisboa de 1755 desempeñara un papel decisivo en su formación. La controversia sigue sin cerrarse. Lo que ya no está en discusión es lo otro: el desierto más famoso de Canarias no lo trajo el viento desde África, lo escupió el Atlántico.