Si no fuera por el camión cargado con gasoil que a finales de octubre se precipitó en la zona de La Garañona, en el paisaje protegido de la Costa de Acentejo, la cueva del último mencey de Tacoronte, Acaymo, seguiría en el más absoluto de los olvidos, ignorada, hasta ahora, por casi todas las administraciones, los expertos e incluso la población local, que desconoce el rico patrimonio natural y arqueológico que alberga el enclave, conformado por más de cien oquedades aborígenes a diferentes alturas. La calle por la que se accede al lugar y por la que se cayó el vehículo se llama Camino del Rey. Así queda recogido en la toponimia y en los repartimientos, ya que es la vía por la que el mencey bajaba a sus dos cuevas, una de invierno y otra de verano. Curiosamente, la primera es la que se encuentra más cerca de la costa mientras que la segunda, y la que se conoce como su vivienda, quizás por ser más accesible, se ubica más arriba. A diferencia de otros lugares arqueológicos, como puede ser la morada de Bencomo, penúltimo mencey de Taoro, en La Orotava, poco se sabe de la cavidad situada en Tacoronte.

Es una cueva de habitación, con unas dimensiones muy grandes y unas vistas espectaculares hacia todo el paisaje protegido de la Costa de Acentejo, pero que ha sido totalmente expoliada. Hasta hace poco vivía un okupa que dejó allí parte de sus pertenencias, como pueden ser sillas de plástico, un sofá destruido, mantas, botellas, y mucha basura. También, se puede comprobar que hubo animales porque hay corrales, aunque están bastante destruidos.

Recorrido

“El expolio ha sido tan excesivo que desde el punto de vista arqueológico no tiene más valor que el haber sido la cueva del último mencey de Tacoronte”, asegura el alcalde, José Daniel Díaz, quien participó de una visita a la zona junto con los biólogos Lázaro Sánchez Pintos y José Casanova, el historiador local Enrique Acosta, y otros expertos, con el fin de ver el entorno y sus posibilidades. Un recorrido por un lugar de incalculable belleza al que también acudió DIARIO DE AVISOS.

“Por tamaño y por tradición oral sabemos que era la cueva del rey, pero el lugar tiene muchos elementos añadidos, sobre todo, en el exterior, como piedras que conforman un muro que no existía y que se nota que fueron puestas por el hombre”, precisa Enrique Acosta.
Teniendo en cuenta que se trata de un espacio natural protegido, el grupo de gobierno de Tacoronte plantea una actuación integral para recuperar los valores naturales y arqueológicos.

De hecho, comenta José Daniel Díaz, gran parte de su riqueza arqueológica, exhibida en muchos museos del mundo, salieron de Tacoronte, como los contenidos patrimoniales del famoso Museo Casilda, cerrado tras la muerte de su propietario, Sebastián Pérez.

El recinto contaba con una valiosa colección de antigüedades de Canarias que incluían desde restos óseos aborígenes, hasta pintaderas y cerámica guanche, arcabuces y lanzas utilizadas en la Conquista, además de varias momias guanches. Gran parte de este legado acabó en Buenos Aires, Argentina. “La Cueva de Bencomo es la estela a seguir para recuperar este espacio, no solo desde el punto de vista de la cueva sino también de los antiguos lavaderos, elementos etnográficos que están en la zona y cuya importancia sigue siendo relevante”, subraya el alcalde. La fecha que aparece grabada en unas de las paredes, 1924, puede ser el año de su última restauración.

Es una zona rica en agua y por eso existen estos emplazamientos, dado que antiguamente, cuando el hambre apretaba, la gente cultivaba en el lugar, donde todavía hay rastros de alguna atarjea, sin importarle la altura y la distancia que tenía que caminar para acarrearla hasta sus casas. La abundancia de agua ha hecho que también haya plataneras y se forme una gran ñamera y un cañaveral.

Desde el punto de vista natural, destaca la gran variedad de especies endémicas o al menos nativas, a excepción de las tuneras. Hay tabaibas, veroles, magarzas, bejeques, incienzo, y flora típica de los riscos del Norte de Tenerife y muchas otras que son propias del verano. “Cuando empiece a florecer, será un vergel”, sostiene Sánchez Pintos.

A todo ello se le añade que el color de la tierra arcillosa, aunque en realidad, explica José Casanova, “era suelo antiguo en el que al pasar por encima la colada se calienta y queda con una apariencia oxidada e impermeable. Antaño, muchos alfombristas llegaban hasta allí a buscarla para elaborar los tapices de la plaza del Cristo. “Con lo que se caminaba antes, el trayecto no era nada”, ironiza el biólogo.

Lo cierto es que todos coinciden en que el entorno es recuperable- previa limpieza y adecuación- para el uso y disfrute público. Por el momento, la idea inicial es diseñar una ruta arqueológica que se sumará a otras ofertas culturales y enogastronómicas que tiene el municipio y que servirá, sin duda, para rescatar del olvido a la cueva del último mencey de Tacoronte.