La ciudad estrena la nueva normalidad con una tibia afluencia de visitantes y el cartel de cerrado colgado en hoteles y bares.

“¡Este Benidorm no es Benidorm!”. Las hermanas Loli y Consuelo hablan horrorizadas, voz en grito, de la atípica estampa que contemplan mientras que deambulan por la avenida de Madrid, que transcurre paralela a la playa de Levante. Miran atónitas, un poco peliculeras, a los imponentes edificios que dan al mar. Todos están vacíos. “Es que, míralos, míralos, están todos con las luces apagadas. ¡Qué horror! No hay luces encendidas”, le dice Loli a Consuelo.

Estrenando la llamada nueva normalidad, y los viajes entre comunidades autónomas, Loli acaba de llegar de Madrid; Consuelo lleva tres meses en Benidorm, viviendo en un piso de alquiler del que apenas ha podido salir. Solo para pasear al perro, un chihuahua que sostiene en los brazos durante el paseo. Ambas rondan los setenta y son asiduas a los veraneos en la capital del turismo español.

“Ya me lo decía mi hermana por teléfono: ‘Este Benidorm, Loli, no es el Benidorm que tú recuerdas’. Y tenía razón. Está todo cerrado”, explica la septuagenaria. “Me da pena verlo así —insiste—, pero es que estaba de Madrid hasta las narices”.

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