El charco hondo

El pegamento que se echa en falta

Hay quienes, a raíz de lo sugerido ayer, aquí, No quería preocupar a mi madre, han llegado a la conclusión (gratuita) de que se manejan bengalas independentistas cuando se critica que el Estado trate a los canarios como menores de edad, a los que no se debe contar según qué asuntos -lo del telurio, por ejemplo-.

Pinchan en hueso. El tiro no va por ahí. Nada más lejos de la realidad. También aquí se escribió -y reitero- que los independentistas han equivocado el siglo; se dijo -y mantengo- que por ahí ya no. Cosa diferente es dar por bueno que el Estado vea en las Islas a un chiquillo al que excluir de algunas conversaciones que le afectan o, en el terreno presupuestario, bendecir que graciosamente se abra o cierre el grifo de las inversiones estatales dependiendo de si las instituciones locales aplauden o abuchean a ministros y secretarios de Estado. Una dinámica, la del juego premio-castigo, que algunas voces dan por normal o lógica sin ruborizarse; una manera de entender la relación con el Estado que arrastra al Discurso sobre la servidumbre voluntaria, de La Boétie, y a su reflexión sobre la facilidad con la que a veces los individuos (o colectivos) se imponen esquemas de relación elegidos por voluntad propia. Rebelarse ante la posibilidad de que el Estado castigue a las autonomías cuando éstas le llevan la contraria, o rechazar que las inversiones sean entendidas como un acto de generosidad, lejos de oler a independentismo atiende a la reivindicación de una relación adulta -constitucional, vaya- entre el Estado y las comunidades. El respeto es el pegamento que a veces se echa en falta para evitar conflictos innecesarios. El plan A, B y C debe ser conciliar, dialogar y entenderse, sin duda; ahora bien, difícil lo pone el Estado cuando cae en la tentación de tratar a las instituciones de las Islas como menores de edad.

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