Lo que hace girar el mundo es el último verso de todos los poemas que se escriben. Yo siempre lo dejo en blanco por si acaso, por si algún día viene un desconocido a vivirme lo suficiente como para merecerse un hueco entre tanta ausencia. Confesaré que, a pesar de todo, después de un olvido en desuso, ya entendí que es inútil dejar un espacio después de un corchete; las palabras que nunca se dicen siempre desaparecen, como lo hacen todas las cosas buenas justo en el instante en que nos damos cuenta de que lo son.
Lo que no cabe en ningún renglón son las lágrimas; ni las lágrimas ni el invierno. Yo sabía que el invierno no era una buena época para empezar una vida. Sin embargo, me dejé llevar por el espejismo de una isla en medio del océano, en la que es fácil creer que la existencia es eterna, en la que es fácil caer del abismo sin remordimientos. Pero a dos mil kilómetros de altura los miedos siempre vuelven y no queda más remedio que escucharse a uno mismo repetirse: “Te lo dije”.
Y sí, me lo dije. Mira que me dije que esa maldita manía de reescribir un texto desde el principio para cambiar una palabra no tenía sentido. Mira que me dije el viento gélido acabaría por destruirlo todo. Mira que me dije que nunca sería suficiente. Y aún así, volví a caer en el absurdo de desquerer para rebobinar la memoria. Por el momento, no desisto, aunque admito que antes me gustaba mucho más la fragilidad.
