Lo más que recuerdo son los ojos saltones de Simón cireneo mirándome fijamente. Yo, un niño, acompañaba a mi padre, que pertenecía a la hermandad del Santísimo, con su hopa morada y su redoma. Muy serio, junto a él, contagiado por la solemnidad del paso que escoltaba la hermandad, con su hermano mayor y sus cofrades, que marchaban al son que les marcaba la marcha fúnebre de Chopin, que salía de la banda dirigida por Chanito Miranda. Qué tiempos, Dios. Vivían todos y ahora casi que solo quedo yo. Tiempos felices en el Puerto, donde cada día se gozaba una aventura infantil: los partidos de fútbol en el patio del colegio, las enseñanzas de aquellos padres agustinos absolutamente correctos en la educación y excelentes personas. Jamás dieron un escándalo y dedicaron su vida a enseñarnos a ser mejores. Guardo un gran recuerdo de aquel colegio, donde hice mis mejores amigos. Clases -inútiles- de dibujo en el torreón, cómo se fue conformando mi letra, que pasó de golpe de ilegible a muy clara y de trazos seguros. Cómo se fue forjando mi personalidad y mi idea de la vida, desde los escrúpulos de conciencia a la libertad. En la plaza, algún cura invitado soltaba el sermón de las Siete Palabras, que luego rememoraría en el Shangai el padre Salvador Sierra, cargado como un piojo. Ahora todo es distinto, porque casi quedo yo solo; miro a Simón cireneo y ya no me dan miedo sus ojos saltones y su mirada fija. Ya soy demasiado mayor, Simón, para temer nada. Han pasado mil años y sigo aquí, pero he perdido mucha gente a la que quería. Y eso me apena.
Mi Semana Santa
Lo más que recuerdo son los ojos saltones de Simón cireneo mirándome fijamente. Yo, un niño, acompañaba a mi padre, que pertenecía a la hermandad del Santísimo, con su hopa morada y su redoma
