Hace miedo. Lo mismo que cuando hace frío, llevamos una temporada, demasiado larga ya, en la que intuimos que la guadaña del malvado nos sobrevuela. Hace miedo en el mundo, acosado por los radicales que sólo entienden de muerte y disfrutan del rojo sabor de la sangre. Hace miedo en la sociedad, que ve amenazada la convivencia que tanto nos ha costado construir entre todos y que ahora peligra por culpa unos pandillerosrevanchistas que dicen representar a la gente.
Hace frío en la Iglesia. Yo creo que, tras aquel gran reto que significó el Concilio Vaticano II y animados por ese mismo espíritu, llega el tiempo de configurar un nuevo modo de presencia de los creyentes en el mundo. Es radicalmente falso que la comunidad de los creyentes no esté a la altura de los tiempos. El ejercicio de la caridad, la convivencia pacífica y la colaboración sincera con los hombres y mujeres de ciencia, el apoyo mutuo a las asociaciones que buscan lo mejor para el ser humano… Todo esto y mucho más nos ha hecho merecedores de un puesto relevante en la sociedad. Ahora ya no porque el caudillo de turno nos lo regale, sino porque sabemos estar y entender el paso de Dios por la Historia.
Ese peregrinaje nos conduce ahora a una nueva tesitura. Resulta que la inmensa mayoría de los problemas teóricos, de esas que llamamos cuestiones de fe, están resueltos. No hay grandes discusiones teológicas en el seno de la Iglesia. Y tampoco abundan las praxis heterodoxas. Son ya historia, más allá de los grupos de descerebrados de uno y otro signo que, o bien se diluyen en la nada de la palabrería por falta de identidad cristiana, o bien organizan un cisma por las diferencias en el ancho del vuelto de la sotana. Pues eso, descabezados, que siempre los ha habido.
Ahora es otro momento. Y la fuera para afrontarlo ha de ser la de una Iglesia recién amanecida tras abrazar el misterio de Jesús Resucitado. Es tiempo de obras de misericordia, que puede parecer un proyecto piadosamente infantil, pero que en realidad es un reto sólo apto para personas robustas en la fe. Es el momento de desplegar en la sociedad una forma nueva de presencia: la del hospital de campaña del que habla el Papa Francisco. Esta nueva prioridad obedece a una llamada de Dios en la Historia actual: los hombres andan faltos de esperanza, el mundo tiene miedo, en la Iglesia hace frío.
Vivir para la misericordia será la mejor homilía para proponer la fe a los demás y será también la tabla de salvación para quienes buscar dar consistencia a la propia experiencia cristiana. Abrir las puertas de los templos y del corazón, ejercitarse en la acogida y la comprensión, una opción decidida por atender los dolores del mundo, un valiente anuncio de la verdad de Dios, que antes hemos de experimentar con madurez en el corazón.
Es Dios quien lo pide. No es tiempo de entretenimientos. Es la hora primera en la que nos lo jugamos todo de nuevo. El aliento nos viene de quien ha vencido a la muerte y de esa forma lo ha hecho todo nuevo. Muchos pensaban que era Él quien había vuelto de los abismos. Pero no era Él, sino mucho más. Feliz Pascua.
