el fielato

Primera persona

Tu forma de amar siempre es la más entregada, la única posible. Jamás a ella o a él nadie le entregará más amor que el que tú le entregas

Tu forma de amar siempre es la más entregada, la única posible. Jamás a ella o a él nadie le entregará más amor que el que tú le entregas. En el universo no hay un te quiero más sincero que el que sale de tus labios. El dolor de una de tus pérdidas es el mayor jamás descrito. Defender a los tuyos es tu prioridad. La familia, solo por serlo, debes tenerla cerca y quererla. Tendemos a creer que lo que somos y sentimos es lo más importante, lo que debemos atender, lo que nos permitirá ir por la vida con la palabra felicidad y su revés, la tristeza, en la punta de la lengua y, claro, de ahí que a lo ajeno le restemos relevancia. Pero hete aquí que llega el horror de un atentado en Bruselas, París, Londres, Nueva York o Madrid y nos preocupamos porque esas ciudades, sus gentes, te son cercanas, has estado en ellas, o quieres ir a visitarlas, o compartes sus modos de vida, o, simplemente, sientes que te podía haber tocado a ti o a los tuyos, por ejemplo, en tu aeropuerto o en otro cualquiera. Y colocas un tuit, y una bandera en tu Facebook y, desde la sinceridad, lloras y te horrorizas con el drama de la barbarie. Y te lavas la conciencia. Y te dices que has cumplido. Y vuelves a tus rutinas, a tu amor, a tu dolor, a tu felicidad… Y todo es comprensible porque somos, sobre todo, primera persona. Lo seremos hasta el próximo horror cercano porque el que está más allá de lo que nos parece vecindad, seguramente, lo ignoraremos. Y no nos damos cuenta de que es el mayor error que podemos cometer. Y crece el hábito. Y nos insensibilizamos. Y olvidamos. Y fracasamos.

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