a veces soy humano

Aquellos jueves

Llegó agotada a casa. Normalmente soltaría los bártulos, escucharía el sonido del llavero caer sobre el cenicero de coco y ágil se iría desprendiendo, por este orden, de los zapatos, la chaqueta, la blusa y, finalmente, de los pantalones

Llegó agotada a casa. Normalmente soltaría los bártulos, escucharía el sonido del llavero caer sobre el cenicero de coco y ágil se iría desprendiendo, por este orden, de los zapatos, la chaqueta, la blusa y, finalmente, de los pantalones. A continuación sacaría el pijama de debajo de la almohada y ya despojada de la ropa interior, -qué bueno es quitarse el sujetador-, danzaría casi de puntillas hacia el baño para desmaquillarse. Hoy no va a cumplirse el ritual. Todavía sin quitarse la vestimenta se acerca al servicio y abre el grifo de la ducha. Allí mismo el ropaje pasa del cuerpo al cesto de mimbre. Los zapatos quedan tirados en el suelo, uno enhiesto y el otro descansando sobre un costado. Sentada en el váter se desenfunda la segunda piel de sus piernas y aprovecha para masajearse levemente los gemelos. Saca el albornoz, acerca la toalla y la ropa interior se desliza desde su cadera hacia la alfombrilla.

Es jueves. Atrás quedaban aquellas celebraciones casuales y entre semana con los colegas de los distintos trabajos por los que ya había pasado. Fueron muchas fiestas, algunos bailes e incluso indeterminados y pasionales escarceos en el ocaso de los días laborables. Hoy no sabía cómo acabaría la cosa pero su máxima era clara a las siete de la tarde: no trasnochar demasiado para poder afrontar al día siguiente el desafío del despertador matutino. Seca y mirándose en el espejo comenzó a atusarse el pelo. Con el secador y nuca arriba, nuca abajo, aprovechaba para seleccionar mentalmente el vestuario adecuado. Fija la mirada en su reflejo pensaba que no estaba nada mal; que la edad seguía respetándole, salvo por esos ribetes que adornaban sus párpados y cierto aspecto de rostro cansado. Armada con el instrumental de maquillaje se dispuso a fijar las pinturas de guerra para esa noche: discreta pero firme; dulce pero resuelta; luminosa pero con sombras.

Enfundada en aquel pantalón que se ceñía de manera inversa desde el tobillo a la cadera; realzada con los tacones justos para moverse con ligereza; también esa blusa blanca vaporosa que dejaba atisbar su figura de madurez bien proporcionada y, sobre la cama, preparado el abrigo tres cuartos azul. Miró el reloj, cambió de bolso volcando el contenido de uno dentro del otro, ojeó la cartera… pendientes, pulsera y colgante con piedra que aterrizó en el kilómetro cero del discreto escote. Unas gotas de perfume, de nuevo las llaves y a la calle.

Cantaba el reloj la sintonía de las 06:30 horas. Notaba el peso de la ginebra en la sien, su acoloniado aroma en la almohada y se rasgaba el sopor en el aire a golpe de sonidos electrónicos. Se rehízo de inmediato. Atribulada volvió a la vida, se duchó, vistió y salió de casa a un ritmo vertiginoso sin mirar atrás. Ya en el coche camino de la oficina, una amplia sonrisa iluminaba su cara. Al fin y al cabo, parece ser que seguía estando en forma.

@felixdiazhdez

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