en la frontera

El centro: principios y realidad

En el tiempo que vivimos, de vuelta a los extremos y de huida de la moderación, del centro, el tema de los principios y de la realidad vuelve a estar en el candelero

En el tiempo que vivimos, de vuelta a los extremos y de huida de la moderación, del centro, el tema de los principios y de la realidad vuelve a estar en el candelero. No porque el centro político, como algunos pretenden, se haya desmoronado, sino porque la crisis en la que llevamos instalados ya demasiado tiempo ha certificado el primado de la búsqueda de los votos y de los beneficios financieros como únicos móviles de la política y la economía. Y cuando tal cosa acontece, cuando se instala una crisis general, los radicalismos y los populismos, de un color o de otro, engendran, a su vez, reacciones extremas, inmoderadas. No hay más que asomarse a lo que acontece estos días en la campaña electoral de los EE.UU. y también, en otra medida, por estos pagos. En efecto, tal escenario, orquestado y ejecutado con singular astucia, ha provocado la polarización de las posiciones. Los que están a favor, a un extremo, y los que están en contra, al otro. Así, de esta manera, la derecha y la izquierda se radicalizan, hasta el punto de representar posiciones populistas y demagógicas impensables no hace mucho. La cuestión, sin embargo, no está en el encallamiento del centro, sino, más bien, en la pérdida de los principios y valores sobre los que descansa la civilización humanista y solidaria, que por largo tiempo estuvo a la vanguardia y a la cabeza de la protección, defensa y promoción de los derechos fundamentales y de la dignidad del ser humano. Ahí es a donde debemos, con las actualizaciones que sean del caso, volver a los principios. El espacio de centro, cada vez más importante en este tiempo de crisis, se nos presenta como un espacio en el que los principios y los criterios generales han de aplicarse permanentemente sobre la realidad. Es hora de retomar la lección del maestro Aristóteles, cuando afirmaba que de la conducta humana es difícil hablar con precisión. Más que reglas fijas, el que actúa debe considerar lo que es oportuno en cada caso, como ocurre también con el piloto de un barco. La verdad no necesita cambiar, pero la prudencia cambia constantemente, pues se refiere a lo conveniente en cada caso y para cada uno. Prudente es el que delibera bien y busca el mayor bien práctico. No delibera sólo sobre lo que es general, sino también sobre lo particular, porque la acción es siempre particular. Si bien los principios son las bases de la conducta, las circunstancias, cuando se estudian y se trabaja sobre ellas, suelen aconsejar, en el marco de los principios, diferentes posibilidades que la prudencia será capaz de priorizar de acuerdo con la centralidad de la dignidad humana, o lo que es lo mismo, desde el compromiso con la mejora de las condiciones integrales de vida de los ciudadanos.

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