Jean Gardner Batten nació en Rotorua, Nueva Zelanda, el 15 de setiembre del año 1909. Murió en extrañas circunstancias, tras negarse al tratamiento luego de la mordedura de un perro con rabia, en Palma de Mallorca el 22 de noviembre del año 1982. España no tenía relaciones diplomáticas con su país y la comunicación de la muerte se perdió por los manejos burocráticos. Fue enterrada en una fosa común y en Nueva Zelanda y Australia se sospechó de una desaparición criminal. Un equipo de investigación enviado al efecto descubrió la verdad. En la infancia sufrió la separación de sus padres. Acaso por eso se produjo una unión enfermiza entre su madre (Ellen Batten) y ella. Fue una mujer bella y desplegó cierto aprecio hacia algún hombre del entorno de su obsesión aviadora, en Melbourne y en Londres, donde completó su formación aeronáutica. El feminismo de la madre de Jean fue público. Asimismo que después del final de la Segunda Guerra Mundial vagaron sin compañía alguna por el mundo (con un ligero paréntesis a finales de los años 70). Tal actitud fue singular, y ello explica su extrema experiencia española. Primero en la playa de San Marcos. Allí murió su madre; está sepultada en el cementerio de Icod de los Vinos.
Por esa trágica circunstancia, la isla minúscula del planeta que eligió para huir no podía contenerla y eligió otra, Mallorca, donde desplegó en absoluta soledad la experiencia más expeditiva de su vida. Aún hoy se recuerdan sus récords primitivos de aviación: 1934, Inglaterra-Australia en 14 días, 22 horas y 30 minutos; 1935, Australia-Inglaterra en 17 días y 15 horas; 1935, Inglaterra-Brasil en 61 horas y 15 minutos; 1936, Inglaterra-Nueva Zelanda en 11 días y 45 minutos. Su memoria persiste en exposiciones permanentes de los aeropuertos de Auckland y Rotorua, en una estatua en el de Auckland y… ¿Pero qué vio, qué encontró esa mujer en el confín del mundo, en un territorio tan alejado de sí como el mundo mismo? ¿El aislamiento atenuado por los gritos de los niños en la orilla del mar?, ¿las barcas primitivas que van y vienen en el puerto?, ¿la temperatura ideal?, ¿los atardeceres esplendorosos frente a la ensenada, ella suspensa en el balcón del edificio de la rivera derecha que la acogió? Es posible que los desencantos no cuenten con palabras dichosas; la felicidad, por parca que sea, sí. Y eso encontró Jean Batten en una extraña playa de arena negra en el norte de una isla, para ella perdida en el océano Atlántico, que se llama Tenerife.
