Parece mentira que con el paso de los años las cosas mantengan un status quo alar-mante, principalmente cuando, cada vez más, las maltrechas y mal llamadas clases sociales siguen perpetuando la desigualdad en elementos vitales tan fundamentales como son el bienestar y la felicidad.
La satisfacción por la vida que tiende a implementarse en función de que entiendes que tu vida se va estabilizando mientras conseguías esa ansiada tranquilidad que te permitía aventurarte en otros terrenos, todo ello, ha descendido en las clases medias y bajas pues cada vez cuesta más conseguir esos mínimos que te permiten tener la sensación de que tu vida es grata.
Los diferentes estudios demuestran que la infelicidad aumenta en función de que aumenta la inseguridad económica. En la misma línea observamos como la pérdida del empleo o incluso el no conseguirlo genera una sensación de insatisfacción personal bastante altos. Si nos aferramos a estos datos podríamos decir que la consecuencia de todo ello es que cada vez vivimos en un mundo más infeliz.
En algunas ocasiones me habrás visto reflexionar sobre el papel de la tristeza y la felicidad en nuestras vidas. Hablamos de estados emocionales diferentes que, aunque pudiera parecer que son opuestos, en realidad no lo son. Las investigaciones apuntan a que el tener un sueldo digno tiene un mayor impacto sobre la tristeza, es decir, la gente siente la necesidad de auto examinarse y entonces aparece esa sensación de insatisfacción vital que hace que nos sintamos mal. Es cierto que existen, al mismo tiempo, otros elementos que nos aportan felicidad pero esa sensación, como diría un teórico emocional, de frustración por la no consecución de un deseo apremiante o imposible de satisfacer sigue ahí.
Lo curioso de todo esto es que los políticos en general siguen optando por medidas puramente económicas, aplicando recortes en elementos tan fundamentales como las políticas sociales, sanitarias o educativas. Basan sus juicios en criterios puramente económicos que los diferentes estudios han demostrado que no aportan valor al bienestar de las personas. El PIB, el IPC, … son conceptos vacíos en ese sentido.
Debemos plantearnos la incorporación de acciones directas que centren sus esfuerzos en las personas y sus comunidades, potenciando ese concepto de salud positiva. Habría que entender que tener un país sano implica potenciar acciones destinadas a fortalecer elementos de bienestar personal, psicológico y social. Se podría conseguir con grandes planes de acción en prevención que van desde el diseño de políticas educativas destinadas a personas que tengan herramientas para gestionar sus vidas, entendiendo que éstas tienen en todas las personas un objetivo común: ser feliz.
*Psicólogo y miembro de la Sociedad Española de Psicología Positiva
@jriveroperez
