domingo cristiano

Sobre piedras y misericordias

Tengo un interés insano por los personajillos que eligen tirar piedras sobre la vida de los otros en lugar de intentar sanar sus heridas

Tengo un interés insano por los personajillos que eligen tirar piedras sobre la vida de los otros en lugar de intentar sanar sus heridas. Me seduce esa crispación desquiciada con la que denuncian y combaten los pecados de los demás, mientras ellos se presentan como hombres y mujeres de Iglesia. No me estoy refiriendo sólo a consagrados; ni siquiera son ellos los que más abundan en esa fauna.

Opino que viven en el sinsentido quienes se levantan cada mañana como si hubieran dormido con un ladrillo al que llaman “moral católica” como almohada. Esgrimiendo lo que ellos llaman “la ley”, que dudo mucho que conozcan, los hay que usurpan el lugar del buen pastor, el que coloca las cabras a un lado y las ovejas al otro. Siempre según su criterio, al que identifican con la voluntad de Dios.

Cuestiones científicas aparte, que de éstos se podría escribir un tratado de psicopatología, lo preocupante de tales especímenes es que a menudo cuentan con la indulgencia de quienes son autoridad en la Iglesia y con el respeto de los principales de la sociedad. Y es devastador que los creyentes identifiquen con la Iglesia de Cristo a quienes nada saben de misericordia.

La fe en nuestro Señor Jesucristo no es un compendio de moral. La esperanza en Dios no se identifica con el minucioso cumplimiento de normativa alguna. Ser un creyente no es lo mismo que poseer un impoluto expediente de méritos que presentar al Señor. Creer en Dios es peregrinar, caminar, gastarse en el andar. Encontrar su rostro ocurre en el camino de la vida, donde hay polvo y maliciosos pero atrayentes atajos. Buscar los caminos de Dios supone estar expuestos a miles de renglones torcidos, de los que se participa muchas veces sin apenas tener capacidad para elegir otra cosa.

Francisco, que tiene andares de peregrino, lo sabe bien y en nombre de Dios propone a la Iglesia paciencia, comprensión, acogida, abrazo, sanación, calor… Y las preguntas sobre la moral, las dejamos para luego. No es que el Papa haya decidido desmantelar milenios de una provechosa reflexión moral, que ha hecho de la Iglesia una de las instituciones más humanitarias de cuantas existen. No menosprecia el trabajo de los moralistas. Lo que hace es reivindicar, precisamente, el fundamento de la moral: la persona es lo primero. Y por eso, hay que acercarse a cada una, no como quien hace la autopsia a un caso, sino como quien pisa terreno sagrado.

El Derecho Canónico, la Moral, la Tradición de la Iglesia, los primeros testigos de Cristo, los grandes gigantes de la fe… todos tuvieron claro que el hombre está antes que la ley. Lo aprendieron en sus confidencias con Dios, que les enseñó a mirar el mundo con ojos de misericordia, la única mirada capaz de interpretar la realidad tal cual es.

Que dicen que el Papa ha pedido respeto para los divorciados vueltos a casar. Que se estudie en cada caso su participación en los sacramentos. Que “nadie puede ser condenado para siempre”. ¡Y qué menos que eso va a decir un testigo de Cristo, si es la verdad siempre acariciada por la Iglesia! Otra cosa es que durante largos periodos se han hecho baluartes de una presunta moral esos personajillos que no saben amar. Esos cuyo interior está tan revuelto que a menudo confunden lo que saben que merecen con lo que piden que se haga a los demás.

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