Cuando nació Pepito, un día de mayo, un día en que los madrileños celebran su Santo Patrono, nadie esperaba que fuese a dar el latazo que dio.
Nació normalito, con un peso espléndido, rubito sin excederse y de carácter alegre, al parecer. Pero después de cumplir el año, se negó a comer. En realidad algo comía, pues en caso contrario hubiese muerto, pero su peso, pasado unos pocos años, se estabilizó en los 13 kilos y de ahí no pasó durante casi un lustro.
El pediatra que le atendía no sabía cómo resolver el problema. Intervinieron los abuelos de ambas partes, los primos, los tíos e incluso la tía Micaela, aquella que tenía una verruga con pelos en la barbilla. El niño continuó erre que erre, tomando a duras penas un poco de leche, alguna sopita o un jugo de pomelo, pero de ahí no pasaba.
Le dejaban caramelos, chocolatinas y otras golosinas a su alcance, pero las despreciaba olímpicamente. Cuando sus hermanos mayores salían del colegio él llegaba, pues tardaba dos horas para ingerir un tazón de rica leche pasteurizada, aséptica y controlada por catorce máquinas (la única que no intervenía era la vaca).
Era flaco como un cangallo. (Nunca he sabido que es un “cangallo”. Sé que los andaluces llaman así a un persona alta y flaca, pero ¿Qué es un cangallo”?). En los cumpleaños la tarta era devorada por sus hermanos mayores, sus primos y demás parafernalia familiar y de amigos, pero él nunca la probaba.
La familia se preocupó. Su médico, el pediatra, se preocupó, sus abuelos se preocuparon e incluso la tía Micaela, la que tenía aquella verruguita en el mentón, se preocupó. Todos se preocuparon, pero Pepito no se inmutaba y seguía viviendo del aire (o eso perecía. Tal vez fuese capaz de sintetizar en el ambiente que respiraba todos los elementos metálicos, principios inmediatos y vitaminas que necesitaba su organismo).
Sin embargo, y en contra de lo que todo el mundo presuponía, es decir, que se iba a morir en un dos por tres, el niño seguía vivito y coleando. Juagaba, reía, defecaba, comenzó a leer los clásicos de siempre, saltaba o jugaba a la pelota como otro cualquier chaval de su edad… pero apenas comía.
Cierto día le comunicaron que una nueva hermanita había llegado de París (¿Por qué siempre es de Paris y no de Roma, Londres o Tegucigalpa? Identificándonos con la mayoría de los españoles que solemos ser antigalos, por lo menos se debería cambiar un poco la latitud y longitud del lugar del nacimiento de los niños españoles. ¿O no?)
El caso es que apareció esa nueva hermanita. No sabemos si fue por verla, siempre chupeteando del biberón o… de donde fuese, pero el caso es que un buen día, en un cumpleaños más de un hijo de la hija (un nieto, vamos) de la tía Micaela (si, esa.), los niños se sentaron en torno a una mesa muy bien surtida de comida y otras golosinas, además de la consabida tarta.
De repente Pepito cogió con su mano derecha un bocadillo de chorizo de perro y le dio un buen mordisco al tiempo que exclamaba ¡Está rico! (Todavía en aquellos años no se usaba lo de “guay”). Y tras el primer bocadillo desaparecieron en su boca el segundo y el tercero.
Al ver la cara de su madre exclamó: Ustedes nunca me dieron bocadillos…
