el fielato

Zahra

Me suelen decir, a modo de broma, que no tuve infancia porque no soy de los que recuerda especialmente y con entusiasmo esa parte de la vida. Me sucede con casi todo lo que es pasado; tiendo al olvido, a no tenerlo presente en el día a día, aunque sé que si me lo propongo brotan imágenes, sonidos, olores y texturas de, incluso, cuando tenía pocos años

Me suelen decir, a modo de broma, que no tuve infancia porque no soy de los que recuerda especialmente y con entusiasmo esa parte de la vida. Me sucede con casi todo lo que es pasado; tiendo al olvido, a no tenerlo presente en el día a día, aunque sé que si me lo propongo brotan imágenes, sonidos, olores y texturas de, incluso, cuando tenía pocos años.

Ahondo en esos recuerdos y asoman los amigos y familiares que ya no están, las sensaciones de descubrir, las decepciones, los llantos, las risas, los sinsabores y las alegrías. Pero en conjunto, y ciñéndome a la primera y más inocente infancia, creo que no pasé por traumas o infortunios exagerados. Y si miro a mi alrededor tampoco veo dramas dickensianos; pequeñas tragedias sí, claro, porque la vida en colores pasteles no existe, siempre están ahí los grises, escondidos, pero activos. Pero todos hemos creado problemas donde no los hay, ansiado poseer lo que se nos veta, añorado un amor, un trabajo, una piel más tostada u oportunidades que otros sí tienen. Porque es ley no escrita mirar siempre hacia arriba y olvidar lo que está por debajo de nuestro paso azaroso por el mundo. Hoy miré hacia abajo y se me quitó tanta tontería existencial, melancolía o frustración. Zahra es una niña siria de seis años y esta semana ha sido protagonista de una imagen impactante en su sencillez. Zahra trata de cortar con un cuchillo de plástico la valla del campo de concentración (el eufemismo de centro de detención me lo ahorro) en el que está retenida en Grecia a la espera de ser expulsada a Turquía. Zahra resume así una infancia de dolor, esa sí, que la está marcando como hierro candente para el resto de su vida. Sigue la vergüenza.

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