Nunca he sido de enarbolar banderas por las calles. Me refiero a las banderas que ondean, no a las metafóricas que, indudablemente, todos izamos en algún momento de nuestras vidas. Creo que las segundas son las realmente importantes y que te marcan, para bien o para mal, los caminos que tomas en diferentes etapas de la existencia. En ocasiones son coincidentes unas y otras, aunque uno teme que estos tiempos de grandilocuencia mediática fanatizan y terminan por distorsionar las posibles -y legítimas- adherencias a un trapo de colores frente a otro. En todo caso prohibir banderas es un acto torpe por ineficaz, sobre todo, si los sentimientos que representan no atentan de una manera meridiana contra alguien o contra algún colectivo (equiparar la estelada catalana con simbología nazi es pasarse de vapores de pegamento en el cerebro). Es más, banderas de bolsillo se convierten en sábanas cuando se las señala y esconde por decreto. Escuché a Juan Cruz en la radio contar que en una visita de Borges a España en los ochenta se le preguntó por la guerra de banderas que había en España (la ikurriña debía estar aún prohibida) y el genio argentino le contestó que el exceso de banderas es uno de los problemas del mundo, pero que mientras existan es mejor que ondeen. Borges no fue un gran analista de la realidad y se le interrogaba de todo porque acumulaba un caudal enorme de literatura e historia de la condición humana que lo convertía, a veces, en un lucero de ingenio para, desde esa distancia del artista, simplificar lo complejo. En España es al revés. Transformamos lo sencillo en un artificio de palabras y argumentos sin genio. De ahí que, al final, sea malo que existan tantas banderas, pero aún peor que se decida si deben ondear o no en un campo de fútbol y tenga que ser un juez quien lo dictamine.
Banderas
Nunca he sido de enarbolar banderas por las calles. Me refiero a las banderas que ondean, no a las metafóricas que, indudablemente, todos izamos en algún momento de nuestras vidas
