Beneficíate de la tolerancia

¿Te frustra e indigna que otras personas, sobre todo las más cercanas a ti, piensen y actúen de diferente manera a cómo tú lo harías? ¿Tiendes a juzgar negativamente a los demás cuando sus ideas, o su visión del mundo es diferente a la tuya?

¿Te frustra e indigna que otras personas, sobre todo las más cercanas a ti, piensen y actúen de diferente manera a cómo tú lo harías? ¿Tiendes a juzgar negativamente a los demás cuando sus ideas, o su visión del mundo es diferente a la tuya? Si es así, siento decirte que eres esclavo de la intolerancia. Lógicamente hay determinados comportamientos y actitudes con los que no debemos mostrar tolerancia. Con esto me refiero a todo lo que viole nuestra integridad física y moral, pero muchas veces el problema simplemente surge cuando los demás no cumplen con nuestras expectativas. Con frecuencia somos intolerantes de manera inconsciente ignorando el precio emocional que pagamos por ello. Ignoramos que practicar la intolerancia tiene un doble efecto destructivo; hacia los demás y hacia nosotros mismos. Hacia los demás, no respetando sus opiniones, intentando exigir o imponer nuestras ideas ante las suyas, haciendo juicios de valor incluso, muchas veces menospreciando y ridiculizándolos. Y hacia nosotros mismos, ya que la mayoría de nuestros enojos se deben en gran parte a nuestra intolerancia. Nos cuesta aceptar que los demás piensen de manera diferente a la nuestra, desencadenando emociones como la ira y la frustración. Nos generamos malestar gratuitamente. Queremos que nos entiendan pero pocas veces estamos dispuestos a entender la situación y el estado de ánimo de otra persona. Definitivamente esta falta de empatía y de comunicación cada día nos hace ser menos tolerantes.

Para ser tolerante es necesario comprender que nadie es perfecto y que nuestra visión del mundo no es la única y mucho menos tiene por qué ser la correcta. Si lo entendemos de esta manera, no esperaremos que los demás cumplan con nuestras expectativas. Cometemos el error de esperar que nuestro círculo más cercano esté al pie del cañón como y cuando nosotros estimemos oportuno. Les exigimos todo cuando ni nosotros mismos podemos estar en todo. Solo nosotros decidimos quien entra en nuestra vida y, con las personas que decidimos que estén en ella, debemos aceptar lo que nos pueden dar e ignorar lo que no nos dan. ¡Cada uno da lo que puede! Una persona tolerante acepta las cosas tal y como son porque no espera, ni exige e incluso respeta, que no todos compartan sus ideas.

Muchas veces pensamos que ser tolerante significa consentir o confirmar que el otro tiene razón y nosotros no. Pero esto no es cierto. Ser tolerante no significa que compartas su forma de ver, pensar o actuar sino que le permites ser, ver, pensar sentir o actuar a su manera. Hacer eso sin sentir amenazada nuestra identidad es una grandeza que debemos practicar más y más a menudo. Al fin y al cabo, ser tolerante es una forma de empatía y de la empatía nos beneficiamos todos.

Muchas veces la falta de tolerancia la practicamos con nosotros mismos. Nos exigimos demasiado sin valorar y permitirnos la opción de fracasar, de equivocarnos, llenándonos de estrés y frustración impidiéndonos ver la vida y a los demás desde un prisma de calma. Es importante practicar la tolerancia y dejar de ser tan crueles con los demás y con nosotros mismos.

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