Antes del Tenerife de los ascensos a Primera, de Rafa Benítez, de la Copa de la UEFA, de Redondo o de Felipe. Antes incluso de «la Burra Vieja». Antes de todo eso, existía otro Tenerife.
Para quienes crecimos con aquel Tenerife de los años noventa, el anterior a los ochenta parecía casi prehistoria. Un tiempo remoto, casi ajeno al club que conocíamos.
Soy una persona curiosa y fue esa curiosidad la que, durante la pandemia, me llevó a entretenerme leyendo sobre la historia del CD Tenerife. Lo que comenzó como una afición abrió varios proyectos que me ilusionaron y me permitió descubrir una parte del club que desconocía. Gracias a los libros de Luis Padilla y Juan Galarza, terminé de comprender que el Tenerife que yo conocía no era el único Tenerife posible.
Uno de esos proyectos me llevó, hace apenas unos meses y gracias a la inestimable ayuda de un amigo, hasta Alberto Molina. Él y su maravillosa familia me abrieron las puertas de su casa y me permitieron, junto a él, consultar sus archivos personales. Una generosidad que agradezco especialmente.
Entre aquellos documentos había un viejo libro de recortes que Alberto había recopilado durante toda su vida deportiva. Fotografías, noticias y recuerdos de una época que intentaba reconstruir. Allí sucedió algo que difícilmente olvidaré.
Alberto reconocía a un amigo en una fotografía, identificaba una situación y enlazaba una anécdota con un recorte. Una imagen llevaba a otra, un recuerdo despertaba una historia. A veces, una nube negra le impedía encontrar el camino hacia sus recuerdos; otras, una fotografía parecía abrir una ventana y devolverle, aunque solo fuera por unos instantes, a aquel mundo que había vivido en primera persona.
Durante dos horas, Molina habló. Fue una de las experiencias más emotivas de mi vida: fui en busca de información y terminé asistiendo a un reencuentro entre un hombre y su historia.
Si la historia tiene su prehistoria, la del CD Tenerife tiene su propia mitología. En ella, nombres como Baudet, Ángel Arocha o Alberto Molina son héroes que podrían compartir aventuras con Odiseo. Hombres que defendieron la camiseta blanquiazul cuando hacerlo no garantizaba dinero, éxito ni reconocimiento; cuando el fútbol era sacrificio e incertidumbre y no siempre permitía llegar a fin de mes.
Molina es el futbolista que más partidos ha disputado con la camiseta blanca y azul en toda la historia. Y que me perdone Aitor Sanz, pero yo rezaba para que no lo superase. Bromas aparte, aquel récord dice mucho de su dimensión como futbolista y de su vinculación con el club. Fueron 13 temporadas en el primer equipo, 8 de ellas como capitán y casi 2 años en el «dique seco» por una maldita lesión de rodilla que para cualquiera significaba el fin del fútbol. Pero nuestro héroe la superó y volvió al Heliodoro Rodríguez López para devolver al club a Segunda División.
Tenía planta de héroe: alto, fornido, con unos ojos azules que transmitían bondad, bonhomía y picardía. Porque los héroes de verdad no siempre son impecables. También se meten en líos, sobreviven como pueden y hacen lo necesario para salir adelante.
De Molina se cuentan historias que alimentan esa mitología: jugó con una rodilla maltrecha, participó en la gesta que supuso la eliminación del Real Madrid en la Copa del Generalísimo y dejó para la memoria blanquiazul el célebre gol del cojo. Viajaba a la Península para pasar 12 días y jugar 2 partidos de manera consecutiva, lejos de casa, lejos de su familia.
Contaba Molina cómo viajaba a la Península con una maleta sin ropa. Sí, sin ropa, porque dentro viajaba el tabaco de contrabando que les daría el sustento que no les proporcionaba el CD Tenerife y que, una vez vendido, les permitía comprarse ropa.
No subió a Primera ni disfrutó de los focos que iluminaron después a otros protagonistas. Pero ¿quién dijo que los héroes necesitan un final feliz para serlo?
Hace poco, el CD Tenerife le rindió un precioso homenaje dedicándole la puerta número cinco del estadio. Fue emocionante verlo arropado por futbolistas de distintas épocas, directivos, entrenadores, periodistas y aficionados, que se reunieron para reconocer a uno de los hombres que construyeron el club.
Ahora Alberto Molina se ha marchado. Me queda el recuerdo de aquella mañana, del libro de recortes y de las historias que brotaban de sus páginas. Aquel encuentro que parecía que iba a servirme de poco terminó regalándome una de las lecciones más hermosas de mi vida.
Descansa en paz, Molina. La puerta cinco ya lleva tu nombre. Y, para quienes hemos descubierto la mitología blanquiazul, siempre habrá un lugar reservado para ti entre sus héroes.
