Democracia representativa

Días pasados se ha celebrado el aniversario del llamado 15-M. Se ha celebrado por sus partidarios y sus protagonistas, claro está, y lo han hecho repitiendo la misma ocupación de las calles -en especial la madrileña Puerta del Sol-, los mismos símbolos y los mismos lemas

Días pasados se ha celebrado el aniversario del llamado 15-M. Se ha celebrado por sus partidarios y sus protagonistas, claro está, y lo han hecho repitiendo la misma ocupación de las calles -en especial la madrileña Puerta del Sol-, los mismos símbolos y los mismos lemas. Símbolos y lemas que han presidido los intentos de rodear y asaltar el Congreso, y las multitudinarias coacciones, amenazas y agresiones contra políticos del Partido Popular que han tenido lugar en estos años, delitos varios que ahora se conocen como “escraches”. Muchos de los partidarios y protagonistas del primitivo 15-M ocupan las instituciones merced a las urnas; y las ocupan como si ocuparan las calles, de una forma muy poco respetuosa con los usos de la democracia. Y otros se han integrado en el mundo del trabajo y de las responsabilidades. Pero esos antiguos partidarios y protagonistas del 15-M han tenido unos sucesores a su altura, tan a su altura que han llegado a increparlos y abuchearlos, a pesar de que algunos pertenecen a partidos tan poco sospechosos de falta de radicalidad, demagogia y populismo como Podemos.

Mientras los partidarios del 15-M lo celebraban, los demócratas lo hemos lamentado. Y lo hemos lamentado porque la algarada callejera no es auténtica democracia y ni siquiera es democracia a secas. No lo es porque los votos no se cuentan en la calle, sino en las urnas. Y las mayorías se forman con los votos, y no con los gritos, las coacciones, las amenazas y las agresiones. Todas las democracias realmente existentes han sido -y son- democracias representativas, basadas en Parlamentos electos depositarios de la soberanía de los ciudadanos y la voluntad del pueblo. Y así ha sido desde la Revolución Francesa: la toma de La Bastilla originó el Terror y la guillotina, y únicamente el fin del Terror y el orden en las calles hizo posible el Estado de Derecho, la democracia y la libertad.

Es evidente que nuestros partidos y nuestra clase política dejan mucho que desear en términos de democracia y de decencia. Pero, a pesar de ello, el lema y el grito del 15-M de “no nos representan” no es verdad ni es la solución. No hay atajos ni fórmulas mágicas, y el único camino es regenerar nuestra vida política, no asaltar el Congreso, agredir a políticos e invadir las calles. El pueblo que no respeta a su Parlamento está condenado a perderlo. Y recuperarlo puede llegar a ser imposible por generaciones.

TE PUEDE INTERESAR